En tránsito

eduardo / jordá

Instintos primarios

HE oído muchos comentarios negativos acerca de Diego Valderas, el vicepresidente de la Junta, sólo por el hecho de que en su juventud trabajase como repartidor de butano. A mí, lo siento, ese modesto trabajo anterior me parece irrelevante, y me da lo mismo que Diego Valderas fuera notario o vendedor de lotería o catedrático de Física Atómica, porque lo importante de un político es que sea honesto y sepa hacer bien su trabajo. Y Valderas, de momento, está actuando como una persona sensata y realista, en la limitada medida, claro está, en que los políticos que llevan años y años en sus poltronas puedan actuar con realismo. Por desgracia hay mucho autoritarismo y mucho irracionalismo infantiloide en IU, pero al menos Diego Valderas está actuando con mucha más moderación de la que parecía posible. Suerte que hemos tenido.

Por eso me preocupa que Diego Valderas haya dicho que el reciente Decreto Anti-deshaucios de la Junta tiene "la legitimidad ideológica y de clase". Y también me preocupa que Diego Valderas crea que ese decreto, que es una ley y nada más que una ley, vaya a hacer de Andalucía una "tierra libre de desahucios", como si una ley recién aprobada pudiera invalidar docenas de procesos judiciales que ya se han iniciado y que eran legales en el momento en que se emprendieron. Cualquiera con una mínima formación jurídica debería saber que las leyes no tienen una aplicación retroactiva. Y cualquiera con un poco de sentido común debería saber que las leyes no se aprueban por "legitimidad ideológica", sino porque son lo mejor que en un momento dado se puede hacer para garantizar el bien común de los ciudadanos. Nada más. Y nada menos.

Gobernar para garantizar una legitimidad ideológica o de clase -alta o baja, rica o pobre- ha sido uno de los grandes errores políticos del siglo XX. Y los mejores políticos han sido sólo los que han logrado encontrar una forma de gobernar a través del consenso y del acuerdo. No conviene olvidar que los que han dejado cometer las estafas de las preferentes o han salvado los bancos quebrados con dinero de los contribuyentes sólo han estado defendiendo unos intereses de clase: la suya propia, la de los financieros, la de los que han ganado muchísimo a costa de los sacrificios de los demás. O sea, que nadie debería gobernar por intereses de clase. Y si se actúa contra los desahucios, no hay que hacerlo por intereses ideológicos, sino por compasión y por misericordia. Y por el bien de todos, ni más ni menos.

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