LAS imágenes que los pérfidos fotógrafos han difundido de la Asamblea Regional de Izquierda Unida, celebrada en Salobreña, no pueden ser más desalentadoras. Militantes de Chiclana, Bollullos y Mengíbar apartados de la organización por pactar en sus municipios con el PP trataron de irrumpir por la fuerza en el pleno y afiliados jóvenes del PCA lo impidieron formando una especie de cordón muscular de la ortodoxia.

Los gritos, insultos y empujones consiguientes entre camaradas envían a la ciudadanía el peor mensaje imaginable sobre una coalición que nació para cambiar la sociedad y la política, y que veinte años después sólo ha logrado cambiarse a sí misma hasta el irreconocimiento y hacer suyos los defectos de la vieja política: la endogamia suicida, el cainismo feroz, el radicalismo estéril, la falta de programa, la ausencia de debate. Si dependiera sólo de sus dirigentes, Izquierda Unida habría hecho ya honor a quienes se refieren a ella con sarcasmo y mala baba: Izquierda Hundida.

Naturalmente, no es un problema andaluz. En las elecciones de marzo IU, con Llamazares a la cabeza, obtuvo los peores resultados de su historia. Buena parte de sus electores tradicionales acudieron a las urnas guiados por un propósito principal, cerrar el paso al PP, y dieron sus votos al PSOE. Pero ahí radica el problema: su voto "útil" es lo que debería incitar a IU a preguntarse por qué tanta gente consideró inútil votarles a ellos. Ahora bien, los líderes de IU no tienen tiempo ni energía de preguntarse nada. Los están empleando en devorarse unos a otros.

En los partidos en crisis, cada derrota electoral hace más difícil el golpe de timón necesario y facilita los ajustes de cuentas, por aquello de que sin harina todo es mohína. Pero cuando la crisis entra en fase terminal los compañeros de lucha dejan ya de ser adversarios y se convierten en enemigos a exterminar (políticamente), las disensiones carecen de contenido ideológico alguno e incluso en los sectores enfrentados brotan subsectores, grupos y banderías de carácter personalista o tribal. La coherencia se pierde: hay alcaldes expulsados por pactar con el PP y alcaldes que pactan con el PP y son felicitados, todo depende de quién controle el comité que ha de juzgar su conducta.

A dos semanas de la Asamblea Federal de IU no se sabe quiénes serán candidatos a suceder a Llamazares, y las tres familias en que está dividida la coalición -con sus subfamilias y afines, ya digo- coinciden en un pronóstico que constituye en sí mismo una confesión terrible: "Ganará el que menos odio genere". Mientras, en las asambleas, se vitorean las proclamas más radicales y se entroniza como referentes a los alcaldes de Marinaleda y Puerto Real.

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