Visto y oído

Antonio / Sempere

Intersecciones

Acaba de estrenarse La duda, de John Patrick Shanley. Una película que está yendo mucha gente a ver por la presencia en el cartel de Meryl Streep. Pues bien, la pasada temporada se atrevió con el texto original, Premio Pulitzer para más señas, doña Pilar Bardem. Se subió a las tablas e interpretó a esa monja, directora de un colegio católico, tan celosa por las cuestiones de disciplina y de moral. La función se tituló La sospecha y resultó ser una de las más inteligentes del año.

Lo normal, llegados este punto, y puesto que hace tan poco tiempo que vimos a la Bardem en los escenarios, sería cotejar cómo entendió ella al personaje. Y el resto del elenco. No es que Juanjo Cucalón se parezca mucho a Phillip Seymour Hoffman, pero por eso mismo no estaría de más dedicar unas líneas a sus psicologías. Pero ya pueden ir buscando textos que no van a encontrar tal comparación.

Parece como si los críticos no tuviesen conocimiento del montaje español. No es sólo que no lo vieran. Es que ni siquiera figura como dato. Nadie compara La duda cine con La sospecha teatro por desconocimiento. Y eso que La sospecha paseó su cartel, con el rostro de Pilar Bardem con la toca de monja, por esos mismos autobuses que ahora dicen que probablemente, Dios no existe. ¡Qué paradoja!

Lo que quiero decir es que hoy toca hablar de los Goya, y nadie va a callar. Pero si reuniéramos a los espectadores que vieron el maravilloso cortometraje documental La clase con los de Un novio para Yazmina, a quienes han visto las cuatro operas primas, o las películas latinoamericanas nominadas, sería difícil dar con ninguna intersección. como si juntásemos a quienes han visto La duda y La sospecha, el camino más corto para llegar al conjunto vacío.

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