La tribuna

Andrés Ollero Tassara

Intolerancia laicista

EN la complutense italiana, la Universidad La Sapienza, de Roma, donde tuve la suerte de realizar una estancia de investigación hace algún decenio, un selecto grupo de profesores y alumnos entusiastas del laicismo han hecho, totalmente gratis, un notorio servicio a la humanidad. Han dejado claro en qué medida los planteamientos laicistas, presuntamente fundados en la más indiferente neutralidad, se convierten inconfesadamente en confesionales, obligando a todo vecino a suscribir su hueca fe en el vacío.

En teoría, la casa del diálogo y del debate se vería profanada por la presencia de un Papa, o incluso del obispo del lugar (que allí es lo mismo...). Los ardorosos nazarenos de esta Cofradía del Pagano Reproche (por parafrasear a Sabina) no se muestran realmente alérgicos a la religión sino a la ortodoxia. Como es fácil irse de la lengua, algunos de ellos acabaron cantando, y no precisamente La Traviata. El problema no era que se tratara de un Papa, sino del reaccionario Ratzinger (como le llaman los colegas...). Si el invitado hubiera sido un tal Boff, por un poner, le preparan la alfombra roja. El problema no es que la fe deba abandonar lo público, sino que sólo debe hacerse pública la que a ellos les guste.

Podría pensarse que se trata de una mera anécdota de la Roma capitolina, pero los hechos son tozudos e indican lo contrario. En la Universidad española laicista por excelencia, la Carlos III de mi buen amigo Gregorio Peces-Barba (suya ha sido hasta hace bien poco...), se negaron muy serios a permitir que se instalara una capilla. Tener alojado, realmente presente en un sagrario, a un Dios al que se considera imprescindible ignorar no sería muy coherente. Ello no impide, sin embargo, que, parasitando la tradición, en la apertura de curso se entone el Veni Creator, aunque es de suponer que con subtítulos. Algo así como: "Ven, Espíritu Santo, pero, por favor, ni se te ocurra...". Tampoco impide el laicismo confesional hasta ahora ejercido que sea ésa la única Universidad pública española (que yo sepa...) con una cátedra de Teología. La explicación es sencilla: la ocupa un experto que, a juicio de los titulares de su oficial Magisterio, más bien disparata. La Teología no es pues incompatible con el laicismo, siempre que no sea ortodoxa; y ya se sabe que Boff, a diferencia de Dios, no puede estar en todas partes...

En la no muy lejana Complutense sí hay, todavía, capilla. El rector Berzosa ha creado, sin embargo, en aras de la neutralidad y a efectos protocolarios, un Índice de Libros Prohibidos. Puesto al trabajo, no se ha parado en barras: ha comenzado por la Biblia. En adelante, en actos académicos, no será imprescindible prometer sino que, por imperativo legal, se podrá todavía jurar (no necesariamente en arameo), pero sin biblia... No sería de extrañar que pronto se excluyan en los discursos las tópicas referencias al Alma Mater, para pasar a hablar recatadamente del Corpus Mater, que suena más terrenal.

El asunto no tiene por qué ser privilegio de los universitarios. Ya se nos anuncia, aunque no se sabe si irá en el programa, el restablecimiento de la Pagana Inquisición, aunque con el tranquilizador rótulo de Observatorio para la Laicidad. Orwellianamente, tendremos siempre la mirada de lo alto en el cogote, vigilando para que no nos pasemos varias azoteas.

No hace mucho que el siempre directo y sincero Rodríguez Ibarra daba con el quid de la cuestión. El problema de sus colegas del PSOE, y de los laicistas en general, no es que no tengan fe, sino que actúan como si estuvieran convencidos de que la católica es "la religión verdadera" y, precisamente por eso, no les hace maldita la gracia. A su juicio, que cientos de miles de personas "en un frío domingo madrileño, pongan de los nervios a los gobernantes de este querido país", se debe a su convencimiento de que "allí estaban los obispos y cardenales de la religión verdadera y eso no es poca cosa para los que, desde la política, se acercan a las tribunas a proclamar, desde su fe en esa religión, sus discrepancias con la voz de la Iglesia". Si "se hubieran reunido cinco millones de fieles y jefes de otras religiones -falsas, por supuesto-, reclamando al poder institucional que se legisle para despenalizar la ablación de clítoris o que se impida a los profesionales de nuestro sistema sanitario transfusiones de sangre a enfermos que no lo autoricen por sus creencias religiosas -falsas, evidentemente-, el Gobierno hubiera sonreído...".

Para el laicista, el problema no es que una fe se haga pública, sino que discrepe del pensamiento único de la secta de lo políticamente correcto.

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