Editorial

Iraq: un resultado más que incierto

DOS semanas antes de lo previsto, Barack Obama retiró ayer de Iraq todas las brigadas de combate de Estados Unidos. Aunque 54.000 soldados norteamericanos se quedarán en el país hasta el 1 de enero de 2011 realizando labores de adiestramiento y de Policía, la fecha de ayer marca el final de una guerra que comenzó George W. Bush hace siete años y medio con los siguientes objetivos: "Desarmar Iraq de armas de destrucción masiva, poner fin al apoyo brindado por Sadam Husein al terrorismo y lograr la libertad del pueblo". El tiempo demostró que el régimen de Sadam ni disponía de armas de destrucción masiva, sino más bien que los servicios de Inteligencia norteamericanos fabricaron pruebas para el engaño, ni apoyaba a Al Qaeda, un grupo que ahora sí está presente en el país como se pudo comprobar esta misma semana con el asesinato de medio centenar de personas. Cierto es que Sadam Husein fue derrocado, detenido y ajusticiado, y que los iraquíes pueden expresarse en las urnas aunque su libertad todavía está limitada por el terrorismo. Iraq ya no supone ningún riesgo, aunque aún no es un país estable, y nadie puede saber qué ocurrirá en enero, cuando se vayan todos los soldados norteamericanos. De momento, el país lleva cinco meses sin poder formar Gobierno, ya que el primer ministro, Nuri al Maliki, no es capaz de cohesionar una coalición frente al grupo ganador, los radicales de clérigo chií Muqtada al Sadr. Pero después de siete años y medio de hostilidades, 4.419 soldados norteamericanos muertos, posiblemente más de 100.000 víctimas civiles y un billón de dólares gastados, Obama se ha apoyado en la frágil estabilidad conseguida en el país desde 2007 para retirarse y concentrar los esfuerzos de Estados Unidos contra el terrorismo en Afganistán, que a diferencia de Iraq sí sigue siendo refugio de terroristas. Iraq necesitará a partir de 2011 el apoyo de la comunidad internacional para que pueda consolidar su economía exportadora de crudo y asiente el Estado frente al que es su peor enemigo: el riesgo de enfrentamiento entre suníes y chiíes y la partición del país.

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