la ciudad y los días

Carlos Colón

De Iruela a Campo Marzio

DESDE los años 30 un reloj de Manuel Antonio Iruela -de los Iruela de los besos traidores bajo los olivos y los Padrenuestros en forma de saeta- le daba a los sevillanos la hora en la esquina de Chicarreros con la Plaza de San Francisco, en la que abrió sus puertas durante ocho décadas su Joyería y Relojería Suiza. Un reloj de Manuel Antonio Iruela idéntico al de su tienda, instalado en 1948 en la estación de autobuses de Talavera, los Medina Benjumea y Juan Miguel Sánchez, era el que, desobedeciendo a Lucho Gatica, marcaba la hora en la que un autobús me arrancaba de Sevilla camino de Algeciras y de Tánger. En la Sevilla de los años 50 y 60 la relojería de Iruela era una de las pocas que vendían los apetecidos Longines, "el reloj que la mujer elegante elige siempre" y que los caballeros prefieren como "símbolo de precisión y distinción". Y así hasta que cerró hace unos meses.

¿Qué será de esta esquina -me preguntaba-, de sus hermosos escaparates de madera, de los rótulos que desde hace tantos años forman parte de la iconografía comercial de la ciudad, del negocio que con tanta lealtad a Sevilla mantuvo Iruela sin dejar que las modas horteras y las fugaces novedades alteraran su noble fisonomía de comercio antiguo y bueno?

Pues hubo suerte. Se ha instalado allí una tienda, Campo Marzio, cuyo primer local romano abrió casi a la vez que la Joyería y Relojería Suiza Iruela, en los años 30 como tienda de plumas y objetos de escritorio. Y afortunadamente ha respetado la fisonomía del histórico negocio. La esquina sigue siendo reconocible y amable. Algo queda de la memoria comercial de la Plaza de San Francisco, de la que tras el laredicidio sobrevive poco más que F. Cuevas, la juguetería técnica que abrió en 1954 para deslumbrarnos con los trenes eléctricos y las maquetas de barcos de su escaparate, en la que los amigos inteligentes y pacientes expertos en mecanos, soldaditos de plomo para colorear y modelismo se compraban los ingenios -¡hasta teledirigidos!- que tanta sana envidia nos daban.

El patrimonio comercial, al igual que el industrial, nunca ha sido valorado en esta ciudad. Sencillamente porque no se ha considerado que sus naves, fachadas, escaparates e interiores sean bienes patrimoniales. Y si a lo considerado patrimonio se le echa la cuenta que se le echa, ya me dirán ustedes la suerte que aguarda a tabernas, bares, tiendas, cafeterías, teatros o cines. Por no haber cometido las tropelías de quienes destrozaron las fachadas y escaparates de Garach, Marciano o Pascual Lázaro, gracias sean dadas a Campo Marzio por conservar la fisonomía de la tienda de Iruela.

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