La tribuna

manuel Torres Aguilar

Estado Islámico y 'realpolitik'

LA creación hace un año del Estado Islámico de Iraq y el Levante (Daesh, en su acrónimo en inglés) ha supuesto un profundo cambio en la geopolítica mundial. Especialmente ha puesto de manifiesto que una forma de yihadismo suní, autoproclamado califato, ha sido capaz de alterar el equilibrio de fuerzas en una amplísima zona de esta región que va desde el oriente iraquí hasta las orillas del Mediterráneo en el descontrolado e inexistente Estado de Libia. La trastienda del conflicto tiene otros actores menos presentes pero que en realidad determinan buena parte del curso de los acontecimientos. Arabia Saudí, las monarquías del Golfo, la posición chií de Irán, la soterrada gestión del imperio ruso, la indefinida política occidental… todos ellos tienen una influencia directa en este complejo tablero.

Cada uno de los actores utiliza al llamado Estado Islámico como un elemento para debilitar al enemigo o para reforzar su papel en la zona. A Arabia Saudí le interesa defender su posición ideológico-religiosa en su intento hegemónico frente a Irán, para reprimir aún más a las minorías chiís. Las monarquías del Golfo temerosas siempre de la influencia chií de Irán o Iraq en la zona, ven en el EI un ariete para frenar esta presión. Rusia, silente, ve un factor de debilitamiento de las políticas agresivas emprendidas contra su rol euroasiático. Estados Unidos ha relajado su presión sobre el régimen sirio de Al Asad y desde hace meses ha recompuesto su política de apoyo a los insurgentes por temor a sus vinculaciones con el EI. Muchos, pues, de estos actores en la sombra, piensan que pueden obtener algún beneficio directo o indirecto de la política califal de este mal llamado Estado.

Sin embargo, el ultrapuritanismo integrista de este "estado" financiado desde el petróleo del Golfo y el tráfico de drogas procedentes de Afganistán, no es ni mucho menos representativo del islam, ni siquiera de una parte importante del islam. Esta versión, si se quiere wahabista del islam, es el verdadero problema y la auténtica amenaza contra la paz mundial.

Los atentados de la pasada semana pusieron sobre el tapete dos hechos que conviene resaltar. Uno, quizá más evidente, dentro de la propia lógica integrista de los líderes del EI. Túnez y su democracia son un mal ejemplo para sus intereses. No pueden permitir que un país donde el Islam es la religión mayoritaria sea capaz de construir una democracia constitucional, igualitaria, laica y moderna que permita afirmar que el islam no es una religión contraria a la democracia, sino que ambas pueden convivir en un Estado moderno. Esto sería un ejemplo demasiado pernicioso para sus intereses. Túnez, además, tiene un grave problema de seguridad y orden público interior. Tiene una policía contaminada y difícil de controlar por el actual gobierno laico, en la medida en que el anterior gobierno islamista incorporó a su filas un considerable número de más de quince mil efectivos procedentes del propio partido confesional.

El segundo hecho es menos evidente, aunque responde en mi opinión a la lógica de "las armas las carga el diablo". El apoyo de las monarquías petroleras al EI, se les puede volver en contra. El atentado de Kuwait ha puesto de manifiesto que la violencia generada puede ser imparable y llevarse por delante también a quienes ahora cómodamente instalados en su trono, ven en el EI un instrumento al servicio de sus intereses de homogeneización ideológica y religiosa frente a los chiís. Algún líder kuwaití ya ha tenido la sensatez de advertir que la instigación al odio religioso puede volverse en su contra, de manera que la persecución de los enemigos religiosos a manos de las huestes del califato es un arma de doble filo para las monarquías del Golfo.

A propósito también de la recuperación de la dialéctica del choque de civilizaciones en la teoría de Samuel Huntington, se ha demostrado que la propuesta que formulaba de asumir la multiculturalidad ad extra y la uniculturalidad ad intra, es de imposible cumplimiento en la nueva sociedad global. Pero en cualquier caso, no puedo por menos que coincidir con Moisés Naim, cuando días atrás afirmaba que realmente las estadísticas demuestran que la acción terrorista reciente no es reflejo de ese choque, por cuanto los terroristas islámicos han asesinado a más miembros de esa religión que a personas de otras religiones o culturas. De modo que los conflictos se han dado más en el seno de las propias civilizaciones que frente a las otras.

En mi opinión, sólo puede debilitarse al EI si se actúa en un triple frente en el que tienen que comprometerse las potencias occidentales y los actores de las zonas en conflicto. Primero, fortalecer el Estado libio con un apoyo decidido a su estructuración frente a los señores de la guerra. En segundo lugar, reconstruir las relaciones con el régimen de Al Asad, apoyando su continuidad a cambio de reformas democráticas y respeto a los derechos humanos. Y, por último, avanzar en la negociación nuclear con Irán, fomentado al mismo tiempo un acuerdo entre suníes y chiíes. Algunas propuestas pueden ser discutibles, pero esto es realpolitik, el resto es seguir mareando el problema en tanto el EI continúa incrementando el número de sus huestes que ya superan los cien mil. La gestión de conflictos supone hacer propuestas reales, no sólo divagar en filosofías más o menos etéreas.

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