la tribuna

Rafael Rodríguez Prieto

Israel como justificación

HACE unos días ha tenido lugar en Madrid el Cuarto Seminario Internacional sobre Antisemitismo. Se trata de un foro de debate y reflexión en torno a la actualidad de esta lacra. Este año no he podido asistir, pero un compañero me ha comentado que se encontraron con pintadas antisemitas en el propio salón de actos.

Muchos pueden pensar que el antisemitismo es algo del pasado o que está superado después de acontecimientos tan luctuosos como el Holocausto. Pero esta afirmación no es más que una ensoñación. El antisemitismo continúa igual y en formas distintas, quizá más sutiles, pero tan lesivas como antaño. España es un país con un grave problema y una responsabilidad en este asunto. Su problema es no reconocer la actualidad de la patología y su responsabilidad está en los libros de historia.

Estamos de acuerdo. No es de muy buena nota decir directamente "odio a los judíos". Aunque haya ciertos ambientes en los que incluso sea un punto a favor. El judío comunista enemigo de la humanidad o el judío rico que controla el mundo. Pero pensemos que no; que uno se pueda avergonzar de ese sentimiento. En ese caso, se dice: "yo no tengo nada en contra de los judíos, pero Israel es un Estado terrorista". Aquí, ya la cosa no es tan incorrecta en demasiados ambientes. Y así nos luce el pelo.

Cualquier crítica realizada a la acción de un gobierno no necesariamente pone en cuestión la existencia del país. Muy al contrario; lo razonable es criticar a un gobierno por actuaciones con las que no estamos de acuerdo o que resultan lesivas para otras personas o estados, pero desde el respeto a sus nacionales. Muchas gente critica a EEUU por sus guerras o a China por su deprecio a los derechos humanos, pero la crítica se dirige a las acciones de los gobiernos estadounidense o chino. No se cuestiona la existencia de China o de EEUU. El caso de Israel nos sitúa en una dimensión distinta. Gran parte de la crítica a las decisiones del Gobierno de Israel trascienden la esfera del legítimo cuestionamiento de las acciones de un gobierno para convertirse en el repudio de un país y de sus gentes, lo que desemboca en un rechazo a su existencia.

Con Israel, todo es muy diferente. A Israel se le reclama un comportamiento que no se le exige a ningún Estado del mundo. Los estándares aumentan y cualquier acción del Gobierno es observada con lupa. Recibe una atención desproporcionada para su tamaño o relevancia estratégica a nivel global. El conflicto con los palestinos es utilizado como la punta de lanza de esta práctica. Poco o nada se menciona el tratamiento que los palestinos han recibido de otros países de mayoría musulmana cuando han emigrado y las condiciones de trabajo o, mejor dicho, de explotación que se les han ofrecido. En este caso los palestinos no importan. Son sólo un mero instrumento para atacar a Israel. Europa da lecciones a Israel, mientras recibe a los dictadores musulmanes con los brazos abiertos o criminaliza al inmigrante. Curioso.

En España es relativamente frecuente encontrarse con colegas que niegan ser antisemitas, pero aceptan de buen grado identificarse como antisionistas. El histórico tratamiento vejatorio dispensado a los judíos o las masacres padecidas no parecen un dato persuasivo. Empero, se puede disentir de la creación del Estado. Eso es libertad de opinión. Pero la demonización o su comparación con la Alemania nazi es ya algo muy distinto, que se sitúa más allá de la libertad de expresión y por la que es demasiado sencillo deslizarse.

Una mayoría de estos colegas son luego capaces de reconocer el derecho de autodeterminación hasta del último pueblo perdido en la región más recóndita del planeta. Pero, por favor, jamás a los judíos que quieran ser nacionales de un Estado llamado Israel. Este uso de Israel como herramienta antisemita de primer orden en el mundo contemporáneo es un tipo de antisemitismo que califico como de antisiomitismo. Hoy se hace con Israel lo que se ha hecho en el antisemitismo tradicional con el judío: negar su derecho a existir y degradarlo como el no humano que debe ser expulsado del mundo.

Israel es un país pequeño y con problemas similares a los nuestros. Es curioso observar cómo ha incidido el ejemplo del 15-M en los movimientos sociales israelíes que reclaman menos neoliberalismo y más justicia social, además del acceso a una vivienda digna para la mayoría. También es un Estado del que podemos aprender: su enorme cantidad de empresas de alta tecnología lo sitúan en el camino adecuado para brindar un futuro próspero a sus ciudadanos. Fue el país que puso en marcha los kibutz -una experiencia socialista y cooperativa de granjas comunales con muchos aspectos positivos, hoy en declive. Un país sometido a agresión constante desde el mismo día de su independencia, abandonado en un desierto a su suerte, merecería, al menos, comentarios más ecuánimes.

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