por montera

Mariló Montero

Japón de cerca

RECORDAR una tragedia en su totalidad y en su conjunto, en lo genérico, siempre amortigua el impacto de la turbación y provoca cierta opacidad a la auténtica crueldad del holocausto". El profesor de Psicología de la Personalidad José Benigno Freire definía así la insensibilidad de la que el hombre adolece ante una tragedia extraordinaria. Al objeto de ayudarnos a comprender el dolor de la masa, nos sugiere enfocar la vista en un solo punto. Pone este ejemplo al inicio del Prefacio de El Hombre en busca del sentido, de Viktor Frankl. Explica el caso de un cementerio de Auschwitz. Y viene a decirnos que, si miramos el cementerio en toda su extensión, veremos una gran hilera de tumbas que, a lo sumo, nos haría rememorar algunas imágenes de las montañas de cadáveres que se proyectan en blanco y negro cuando se recuerda aquel salvajismo. Al contrario, si el espectador detiene la mirada en cada una de las tumbas, puede imaginar la vida de alguien a quien se frustró su vida y sus ilusiones. No es otra forma muy diferente de mi empeño, continuo, en poner mi mirada en el singular de las cosas de la vida para que a todos nos conmueva la realidad de tragedias que sufren millones de personas y que nosotros vivimos como meros espectadores.

Esta semana, la ministra de Defensa de Japón, Y. Koike, comparaba el efecto del tsunami con retos deportivos. Permítame que le reproduzca textualmente el párrafo del artículo que se publicó en La Vanguardia: "El maremoto recorrió la ciudad a la velocidad de ocho metros por segundo, la de un velocista con medalla de oro. La ola alcanzó una altura de quince metros y se elevó por encima de las barras más altas para el salto de pértiga." Poco a poco podríamos imaginar cómo la ola arrancó de cuajo miles de vidas aún por contabilizar.

Podríamos imaginar que un niño de cinco años estaría en la mesa de la cocina esperando a que su mamá le diera la comida para después jugar con su pelota en la calle y, tras el descanso, hacer la tarea escolar. Podríamos imaginar que ese pequeño tenía la ilusión de mostrar a su papá, que regresará de su trabajo en una gran central de energía nuclear, cómo le ha quedado el dibujo de un sol gigante que reproduce el sello de su Imperio y que en psicología representa el orgullo paterno. Y ver cómo esa ola, que elevó barcos hasta la colina, reventó la ventana de la cocina aniquilando sus planes. Y el padre podría estar hoy como el samurái que se suicida por los demás sin que nunca se conozca su nombre. Ni el emperador y dios Akihito hincado de rodillas ante su pueblo consigue que podamos poner el foco en un punto para ver la auténtica atrocidad de este holocausto. Aún, tres semanas después, seguimos viendo a Japón como el mapa que se proyecta desde el satélite.

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