palabra en el tiempo

Alejandro V. García

Jiménez y el doctor Cué

LAS manifestaciones del portavoz de los socialistas en el Parlamento andaluz, Mario Jiménez, sobre las escasas consecuencias electorales del fraude de los ERE, me trajo a la memoria el método del doctor Cué. Sabe dios en qué gruta de la memoria estaba agazapada la historia del doctor Cué desde que hace más de cuarenta años la leyera en un artículo de Julio Camba intercalado en un libro escolar de lengua y literatura, pero bastó con que me echara a la cara la frase de Jiménez ("los ERE no pasarán factura al PSOE en las autonómicas") para que el ensalmo convocara de inmediato el espíritu de aquella remotísima lección y apareciera ante mí el genio remozado del doctor. La terapia de Cué, según relata Camba, hizo furor en algún momento del Madrid de los treinta del siglo pasado y consistía en que el enfermo grave se mirara cada cierto tiempo en el espejo y, sin hacer caso al aspecto de degradación, repitiera con timbre elogioso lo bien que estaba esa mañana, lo vigoroso que se había levantado, la frescura de la piel y la lozanía general de que disfrutaba. La mayoría de los pacientes del doctor Cué morían a causa del esfuerzo que suponía para su salud malbaratada alguna de aquellas impetuosas sesiones terapéuticas. Tan impetuosas como la de Mario Jiménez frente su propio reflejo: "Los ciudadanos tienen una lectura muy clara de lo que ha ocurrido en el caso de los ERE: que se trata de una mala utilización de recursos públicos por parte de algún responsable político muy concreto y de una dirección general de la Consejería de Empleo muy concreta, y que más allá de ese ámbito no hay una responsabilidad política". Puro doctor Cué.

Deduzco de las intervenciones en las redes sociales de selectos militantes socialistas que críticos e integrados del PSOE no se ponen de acuerdo en qué es ahora más urgente, si preparar una limpia a fondo del congreso o preparar las elecciones como si nada hubiera ocurrido, es decir, si emplear la cirugía o invocar al doctor Cué. La disyuntiva, sin embargo, parece absurda por dos razones poderosas: primera, porque la coincidencia temporal obliga a acometer ambas tareas al unísono y cualquier táctica de disimulo está condenada al fracaso. Y segunda, porque los efectos dañinos a los que se refiere Jiménez no es no vayan a pasar factura sino que ya la han pasado y he hecho la están pasando en estos precisos momentos.

Las manifestaciones de Mario Jiménez incurren en los mismos defectos de candidez que el método de Cué. El caso de los ERE (igual que la quiebra de salud de los pacientes que acudían al famoso doctor) ya ha desparramado sus partículas entre el electorado y sus efectos deletéreos se han cobrado ya dos fracasos consecutivos. Las apelaciones no bastan. O se saja y drena hasta donde sea menester o a la derrota previsible se sumará la ceguera.

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