El tránsito

Eduardo Jordá

José María Bernáldez

HAY años en que no está uno para nada, decía Julio Camba. Qué razón tenía. Anteayer, viendo un informativo de Canal Sur, me enteré de la muerte de José María Bernáldez, justo después de intervenir en un acto en la Feria del Libro de Sevilla. Bernáldez era uno de los mejores periodistas culturales -aunque esta definición se le quedaba corta- que hemos tenido en Andalucía. Era culto, generoso, amable y franco. Aunque todo el mundo conocía sus ideas (había sido director de El Socialista), no era uno de esos pazguatos sectarios y aduladores -tanto de derechas como de izquierdas- que sólo aprecian a los escritores que piensen como ellos. En el caso de José María Bernáldez, no había nada de eso. Era una persona inteligente y sabía demostrarlo. Tenía ideas propias. Y no dejaba que nadie tuviera la desfachatez de pensar por él.

Ahora que celebramos el recuerdo del Dos de Mayo, imagino a Bernáldez como un afrancesado aficionado a los libros, los chocolates con picatostes y las charlas con personajes como Leandro Fernández de Moratín, Goya o el abate Marchena, tal vez en una rebotica de Madrid o en un café lleno de humo y toreros y afiladores de navajas, no muy lejos de la Puerta del Sol. Y los imagino hablando durante horas y horas sobre los caprichos de una comedianta casquivana, o sobre la montera de un torero bizco y gitano, o sobre los disparates que decía un cura en sus sermones de Cuaresma, o sobre el último chisme que se contaba del valido Godoy y de la reina María Luisa. Cualquiera que hubiera oído conversar a Bernáldez sabrá de qué hablo, porque casi nadie es capaz ya de hablar así. Tenía una conversación fluida, llena de meandros, que iba y venía sin abandonar nunca la idea inicial, serpenteando de un tema a otro sin olvidar nunca el humor ni la ironía ni la sonrisa mordaz. Como es natural, sus juicios eran inapelables. A poca gente le he oído, como le oí a él, desenmascarar la tomadura de pelo de Las Benévolas, ensalzada por los críticos más tontos de este país, mientras que declaraba de forma categórica que Vida y destino, la novela tolstoiana de Vassili Grossman, era una obra maestra (cosa que ningún lector inteligente podrá negar).

Por desgracia, estas muestras de criterio propio y de sutileza lectora no son habituales en nuestro país. Aquí, cualquier libraco que venga avalado por un crítico de renombre recibe como mínimo una aprobación cautelosa o un elogio hiperbólico. Bernáldez no creía en esas paparruchas. Si él opinaba que una novela muy elogiada y premiada era un bodrio, lo decía delante de quien fuera sin importarle quedar mal. No creo que haga falta añadir que nos hace falta mucha gente así. Por eso digo que hay años en los que no está uno para nada.

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