La ciudad y los días

Carlos Colón

Judas sin olivos

SE ha sorprendido alguien de que, al día siguiente de poner la bomba en la T4 y asesinar a Carlos Alonso Palate y a Diego Armando Estacio, Martín Sarasola se apuntara a la carrera de San Silvestre de Azpeitia? ¿Se ha sorprendido alguien de que, junto al presunto asesino, corriera el también presunto etarra actualmente en busca y captura Mikel San Sebastián, llevando en su camiseta un emblema contra la dispersión de presos etarras? Sólo se habrá sorprendido quien crea que en los etarras, y en sus encubridores, queda un gramo de eso que genéricamente se llama humanidad. Esta hermosa palabra aúna, definiendo la naturaleza humana, tres significados sólo aparentemente opuestos. De una parte por humanidad se entiende la fragilidad o flaqueza propia del ser humano; de otra, la sensibilidad y compasión ante las desgracias de nuestros semejantes; y de otra más, la benignidad, mansedumbre o afabilidad. Ninguno de estos significados tiene que ver con estos asesinos.

No matan porque esa fragilidad o flaqueza propias del ser humano les debilite el carácter o les haga susceptibles de ser confundidos, inducidos o engañados. Por el contrario, matar es su fuerza, lo que les convierte -como a todos los verdugos- en señores de la vida y de la muerte. Viven, además, en una sociedad, la vasca, en las que son muchos -más de lo que abiertamente se reconoce- los que consideran que no asesinan, sino que se defienden de las agresiones españolistas; por eso son tenidos por heroicos gudaris (guerreros), y como tal se les dedican calles, se les visita en la cárcel o se les entierra con honores. Para matar así, no por autodefensa o desesperación, ni como resultado de un carácter frágil o en un momento de flaqueza u ofuscación, hay que carecer por completo de esa sensibilidad o compasión hacia sus semejantes y de cualquier cualidad de benignidad, que es lo contrario de la malignidad, que la palabra humanidad también expresa. No ha de sorprender, pues, que al día siguiente de poner la bomba en la T4 se dedicara al deporte. Estos judas desconocen el remordimiento y los olivos de los que colgarse.

El tal Sarasola que corría la San Silvestre guipuzcoana, y su compañero de atentado Igor Portu, planeaban provocar una carnicería en el centro de Madrid haciendo estallar un coche bomba en la zona comercial de Azca. Ni la bomba del día anterior, con sus dos muertos, ni la que planeaban poner, con las muchas víctimas que hubiera causado, le impidió participar en la carrera. Comparten nuestra humana naturaleza, para nuestra vergüenza; pero carecen de eso que comúnmente se llama humanidad.

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