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Rafael Padilla

Por una Justicia respetable

LO peor que le puede ocurrir al sistema penal de un país teóricamente avanzado es que sus decisiones resulten incomprensibles para sus ciudadanos. O intolerables, que para el caso es lo mismo. Al cabo, en democracia, el pueblo entrega el monopolio de la fuerza al Estado para que éste imparta justicia con plenas garantías para el inculpado, pero también procurando colmar el interés colectivo por obtener una satisfacción proporcional a la gravedad del daño causado.

No descubro nada si afirmo que, en España, cada vez se hace más evidente la fractura, sobre todo en determinados delitos, entre el sentir común y la respuesta legal. La aplicación, además, de una legislación penitenciaria extraordinariamente favorable para el condenado agrava ese sentimiento de indefensión que está arraigando en nuestra sociedad. Basta con preguntar en la calle para comprobar que aquella famosa frase de Pedro Pacheco -"La Justicia es un cachondeo"- es ya, tristemente, una opinión muy común.

Sin entrar siquiera en lo fundado de la misma, su propia existencia generalizada constituye un enorme obstáculo para el buen funcionamiento del orden social. Y no sólo porque la comunidad esté empezando a perder su fe en leyes y jueces, sino, principalmente, porque esa atmósfera de laxitud no contribuye en absoluto a desanimar a cuantos intuyen rentable todo tipo de comportamientos criminales.

El caso, inasumible, de José Ignacio de Juana Chaos o los de sus correligionarios Elena Beloki, Juan Mari Mendizábal, Juan Pablo Diéguez, Javier Salutregui y Olatz Altuna, todos, aunque terroristas condenados a varios años de prisión, meteóricamente excarcelados por los motivos más peregrinos -desde un ataque fulminante de instinto maternal hasta la obvia incompatibilidad entre la apnea de sueño o la hernia de hiato y lo inhóspito de las celdas- suponen un magnífico ejemplo del divorcio del que les hablo.

No son, por desgracia, los únicos: el tratamiento de la delincuencia de menores, la sorprendente facilidad con la que pederastas y violadores regresan pronto, muy pronto, a lo suyo o las puertas giratorias que parecen extrañamente instaladas en cárceles y juzgados, agrandan la perplejidad mayoritaria.

Se discute ahora sobre la pertinencia de reinstaurar la pena de cadena perpetua. Miren, ni puedo ni quiero entrar en el debate. A mí me sobra con que se adopten las medidas necesarias para que la Justicia vuelva a ser respetada, para que la ciudadanía la sienta de nuevo suya, eficaz, equitativa, reparadora y, al tiempo, los canallas la perciban firme y temible. Ni más, ni menos. Un camino que comienza, desde luego, porque los que la administran no renuncien tan displicentemente a mostrarse, frente a la generalidad que los sostiene, coherentes, sensatos y respetables.

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