coge el dinero y corre

Fede / Durán

Juventud, divina pesadilla

UN laboralista andaluz lanzaba esta semana la siguiente reflexión: esperar que sean los jóvenes quienes se embarquen en proyectos empresariales que salven a la comunidad de esta plaga de paro es un formidable error por dos razones. Carecen de esos años de rodaje tan necesarios en la mayoría de las carreras profesionales (a) y no disponen, salvo que provengan de licenciaturas especializadas, del entrenamiento gestor para dirigir un proyecto (b).

Ambas afirmaciones son razonablemente admisibles, aunque a la vez haya que tener en cuenta los efectos que derivan de la conclusión opuesta: han de ser los emprendedores consolidados -los de siempre, que en Andalucía no son precisamente seculares-, los que creen actividad económica y por lo tanto empleo. Un seguimiento histórico de la curva del paro (1978-2012) determina que, incluso en los ciclos expansivos, la comunidad mantiene un diferencial de al menos cuatro puntos largos con las tasas nacionales. Este agujero porcentual probablemente implica que Andalucía carece del tejido empresarial necesario para absorber a sus masas laborales. Al basar su fuerza en sectores estacionales (turismo, hostelería, agricultura) o efervescentes (construcción), renuncia, por causas que no siempre le han sido imputables, a la estabilidad productiva y profesional de otros sectores más rocosos (la industria).

Pero volvamos a la teoría inicial, esa que corta el paso a las tropas de licenciados de este país cuyo destino inmediato se parte en un doble callejón sin salida (el paro o la huida). Experiencia y gestión son factores muy relevantes, aunque no forzosamente decisivos. Aun a riesgo de desgastarlos por sobreexposición, ahí están los ejemplos de Steve Jobs y Mark Zuckerberg, matizables en tanto el tablero de sus sueños fue un país tan endiabladamente audaz y pionero como EEUU, pero válidos en cualquier caso como inspiración universal.

El capital humano andaluz es muy válido. Lo es incluso si sólo eligiéramos a los emprendedores de la tropa juvenil. No queda claro que la barrera con que chocan esté hecha únicamente de inexperiencia. En distintos momentos de la crisis (que en sí misma ya es un momento demasiado largo), este periódico -y por supuesto el resto de medios operativos en la región- ha expuesto casos más o menos brillantes: los de Incoma, Flüssig, Yspoon, Hespérides Biotech o Syderis, entre otros. A veces la osadía sustituye a los trienios, y es entonces cuando aflora la otra realidad maldita, resumible en tres puntos. Uno: la ausencia de una red auxiliar de compañías que complemente a las más innovadoras. Dos: una burocracia brutal que retrasa y desalienta las inversiones. Y tres: el escaso prestigio social que en España posee la figura del empresario, más asociado a la sospecha del pelotazo que al reconocimiento del éxito.

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