La ciudad y los días

carlos / colón

Kaddish por Imre Kertész

LA Academia de Estocolmo sintetizó bien la aportación de Imre Kertész cuando le concedió el Nobel "por una obra que conserva la frágil experiencia del individuo frente a la bárbara arbitrariedad de la historia". En efecto, el único tema de este gran escritor fallecido a los 86 años es la supervivencia del testigo lúcido tanto frente a la barbarie de la historia -fue internado en Auschwitz a los 14 años y padeció la dictadura comunista- como frente a las arbitrariedades de la vida. Lo que él llamaba los infiernos cotidianos. En Yo, otro (Acantilado) describe, tras la muerte de su mujer, con tierna crudeza su matrimonio: "Nuestra relación era la de la solidaridad carcelaria, esa interdependencia dispuesta a soportar duras pruebas y carente de todo futuro… Se fue y se llevó consigo la mayor parte de mi vida, el tiempo en que empezó y culminó la creación literaria, en que, viviendo en un matrimonio desdichado, nos quisimos tanto". En La última posada, que Acantilado publicará el próximo día 6, escrita antes de que el párkinson mermara sus facultades, testimonia: "Soy el escritor de una forma de vida judía anacrónica, del galut, de la forma de vida de los judíos asimilados, portador y representante de esa forma de vida, cronista de su liquidación".

Así de sinceramente lúcidas y desgarradoramente humanas son las obras de Kerstész (Sin destino -una de las obras maestras del siglo XX-, Fiasco, Kaddish por un hijo no nacido, Diario de la galera o Un instante de silencio en el paredón: El Holocausto como cultura) que pueden (y deben, por su bien) leer. Si no tienen tiempo o medios más que para leer una, no lo duden: Sin destino, su primera novela. Tardó 13 años en escribirla por las noches en un minúsculo piso de Budapest, mientras sobrevivía en ese "gris vegetar en el desierto sin expectativas de la cotidianidad que aquí se llamaba socialismo". Su publicación en 1975 -cuando contaba 46 años- pasó desapercibida. La fama tardó en llegarle y lo hizo desde el extranjero, como en tantos casos de escritores sofocados por el comunismo. Paradójicamente fue Alemania su principal valedora. Acabó trasladándose a Berlín, a cuya Academia de Artes ha cedido sus manuscritos

Millones de víctimas anónimas tienen para siempre voz gracias a la maestría con la que Kertész dio forma literaria a la frágil experiencia del individuo frente a la barbarie nazi y comunista.

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