DE POCO UN TODO

Enrique / García-Máiquez

Kolia Pemán

AKolia Pemán y a mí todo nos empujaba a ser íntimos amigos. Lo eran -lo son- nuestros padres y nuestros hermanos, éramos casi vecinos, fuimos al mismo colegio y sólo por una mínima diferencia de días no al mismo curso, pertenecíamos al mismo grupo de amigos, estudiamos en la misma universidad y la misma carrera y, otra vez en el Puerto, volvimos a ser casi vecinos. Teniéndonos mucho cariño, no llegamos a ese grado de intimidad al que parecíamos destinados porque Kolia era un deportista total, apasionado, sin resquicios, incansable, de los que no sólo juegan cuando toca, sino que incluso entrenan; y yo, que sólo corro en casos de extraordinaria y urgente necesidad, me eché a los libros de forma obsesiva.

No quiere esto decir que Kolia descuidase los libros, ni mucho menos. Además, escribía. En la universidad me enseñó un poema que estaba muy bien, y recuerdo un epigrama amoroso para Ana, su mujer, tan juguetón como emocionante. Se titula Toda la verdad, que es un gran título, y dice: "-¿Jura decir la verdad,/ toda la verdad/ y nada más que la verdad?/ -Sí, la quiero". Entre los nietos del escritor, Kolia me resultaba el más josemariapemán. Sus escritos eran flores del bien, como los de su abuelo.

Según Chesterton, "un hombre puede convencerse de su filosofía, mejor que con cuatro libros, con un libro, una batalla, un viejo amigo y un paisaje". La filosofía de Kolia y la mía eran la misma, pero mientras que yo me encerraba entre las paredes de mis cuatro volúmenes, él, si sustituimos el campo de batalla por una cancha de tenis y al viejo amigo por un innumerable montón de ellos, sí que lo hizo bien. Más que bien, pues, como sostiene Platón, que sabía de eso, la filosofía no es sino la preparación para la muerte.

Y Kolia ha sabido morir de una manera ejemplar, haciendo, durante el enfrentamiento con la enfermedad, un uso admirable de todas sus impresionantes virtudes deportivas: la alegría, la fortaleza física y moral, el fair play… De paso, nos ha enseñado a vivir. Ha insistido en que valoremos y cuidemos sobre todo a la familia, a los amigos, los placeres cotidianos y la vida sencilla. A mí, que presumo de tener muchos maestros y muy buenos, pocas veces me han dado unas lecciones tan nítidas, tan necesarias, tan convincentes, tan conmovedoras. Cuento a Kolia entre mis grandes maestros íntimos.

A sus hijos les deja un ejemplo inagotable, que sabrán seguir. Y podrá ayudarlos ahora de otra forma, incluso consiguiéndoles a veces lo que aquí, en la tierra, aunque quisiera, no podría. No lo digo como un consuelo, sino porque es, me consta, la verdad. Toda la verdad.

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