El mordisco en la manzana

Ricardo Castillejo

Lagarto, lagarto…

HACE unos meses descubrí en Antonia dell'Atte a una apasionante mujer aún muy dolida en lo tocante a la espinosa cuestión de su ex, Alessandro Lecquio. Si la modelo ha superado o no la ruptura con el Conde, es una incógnita a la que sólo ella podría responder, pero que ha resultado la peor parada de su historia, resulta una más que evidente realidad.

Vayan con precaución pues las famosas que sufren malos tratos y que tienen intención de denunciarlos porque, lamentablemente, el tiro suele salir por la culata y, los mismos que en un principio las acogen y consuelan, sin venir a cuento comienzan a mirarlas con tantas suspicacias que, al final, acaban condenándolas a vagar por ese limbo al que han sido abocadas otras como Bárbara Rey, Charo Reina, Consuelo Alcalá o la propia Antonia dell'Atte. ¿Dejarse atacar? ¡Jamás! Pero airearlo públicamente…

Lagarto, lagarto.

La verdad no gusta y, si es descarnada, menos aún. Ahora bien, pongan carita de cordero degollado y ojitos de "Tristón-sólo-busca-un-amiguito" y todos caerán rendidos a sus pies. Es el caso concreto del biznieto de Alfonso XIII, a quien parece habérsele perdonado desde aquel lamentable reportaje con Mar Flores en Interviú -donde se demostraban las infidelidades de la, ahora, actriz hacia su novio de entonces, Cayetano Martínez de Irujo- hasta sus escarceos durante el tiempo de ruptura con la que mañana se convertirá en su mujer, María Palacios, pasando por los reproches de su hijo Clemente hacia su poca comprometida paternidad.

Lecquio, con sus buenas formas, es más aplaudido por la audiencia que Dell'Atte a quien, salvo contadas apariciones televisivas, parece haber desaparecido del planeta. No obstante, igual que las más resistentes raíces, Antonia amasa proyectos como acompañar a las que, habiendo pasado por sus mismas penurias, necesiten de su ayuda o, más allá, relatar sus experiencias en el que sería sin duda un muy jugoso texto. Un definitivo cartucho tras el que, posiblemente, experimentaría el doble placer de los que ríen los últimos.

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