Hoja de ruta

Ignacio Martínez

Lágrimas de cine

EN los años 50, Hollywood nos regaló excelentes lágrimas en el cine. Recuerdo a Peter Ustinov, Nerón en Quo Vadis, guardando en un vaso una lagrimita por él y otra por Petronio, a quien había ordenado suicidarse. O a Jane Wyman, en el melodrama Sólo el cielo lo sabe, lamentando su amor imposible con Rock Hudson. Wyman fue la primera mujer del ex presidente Reagan.

Otra esposa de presidente, Hillary Clinton, ha sacado esta semana un enorme partido a un gesto emocionado: a esta mujer, aparentemente fría y calculadora, parece que se le saltaron las lágrimas en New Hampshire, y eso le ayudó a ganar las primarias. La lágrima es un arma política decisiva en Estados Unidos. El martes en La Vanguardia, Eusebio Val contaba como una señora justificaba su voto en Iowa: "Yo me inclinaba por Hillary Clinton, pero Obama me conmovió. Y le dije a mi marido: Hillary nunca me ha hecho llorar".

Aquí todavía no usamos esta tecnología electoral. A lo más que llegamos es a las lágrimas de cocodrilo que el presidente Chaves vierte en algunas declaraciones, apenado porque los andalucistas o Izquierda Unida se puedan a ir a pique el 9 de marzo. Eso sí, sus escuderos les sacuden a las minorías todo lo que pueden, para quitarles seguidores con el argumento del voto útil. El asunto es más complejo, como lo es el puchero que Hillary ha escenificado para la prensa.

En el mundo occidental miramos por encima del hombro a países gobernados por dinastías como los Gandhi en India, los Buttho en Pakistán, los Somoza en Nicaragua, los Kirchner en Argentina, los Kim en Corea del Norte o los Al-Assad en Siria. Suena a tercermundista que se hereden los gobiernos. Pero si ganase Hillary, y fuese reelegida dentro de cuatro años, habría habido en la presidencia del país más poderoso y avanzado de la tierra un Bush o un Clinton durante 28 años seguidos. Con todo, lo peor de la señora Clinton no es la endogamia política, sino que difícilmente puede encarnar el cambio en la política norteamericana alguien que apoyó sin reservas la guerra de Iraq, el mayor error de George W. Bush, que ha provocado una inestabilidad sin precedentes en el planeta.

Hillary Clinton ofrece experiencia. Pero si el próximo presidente va a ser un demócrata, prefiero la novedad de Obama. Y para lágrimas de cinéfilos, sugiero las de Harry Dean Stanton en el París Texas de Wenders, las amargas de Margit Carstensen en la Petra von Kant de Fassbinder o las dulces de Penélope Cruz en el Jamón jamón de Bigas Luna. Películas europeas. Aunque en Hollywood hagan buenos guiones, como el de la representación de Hillary, que le ha valido una ventaja de New Hampshire. En castellano a eso le llaman teatro, en francés cinéma... y en chino cuento chino. Pero funciona.

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