La ciudad y los días

Carlos Colón

Laicismo: ganancia para los creyentes

COMO sujeto particular soy laico ("que no tiene órdenes religiosas"). Como ciudadano deseo vivir en un Estado laico ("independiente de cualquier organización o confesión religiosa"). Y como creyente profeso la fe cristiana. En todas las sociedades democráticas y desarrolladas las tensiones entre lo laico y lo religioso se solventaron en la segunda mitad del siglo XIX y los primeros años del XX. Sólo bajo los regímenes totalitarios que se apoyaban en la Iglesia (franquismo) o perseguían toda forma sincera de creencia (nazismo, comunismo) la cuestión religiosa siguió abierta hasta la normalización democrática.

En España, pasada por desgracia la bonanza racional y pragmática que hizo posible la Transición, la cuestión religiosa parece atravesar tiempos tormentosos. Es una tormenta anacrónica, además de artificial e interesadamente producida, pero no por ello deja de relampaguear. Los pasos que aún han de darse para alcanzar esa deseable independencia de cualquier organización o confesión religiosa son denunciados como agresión por los sectores más conservadores del clero y de los fieles. La derecha política y mediática -especialmente la que ahora se alza contra el giro moderado de Rajoy- apoya insincera y estratégicamente esa denuncia intentando mantener en vida el cliché periclitado que une españolidad, catolicidad y derecha. La izquierda -PSOE e IU- activa por su parte una falsa laicidad que, más que independencia de cualquier confesión religiosa, parece entenderse como militancia atea, enfrentamiento con la Iglesia y desprecio hacia las creencias y quienes las profesan. Funciona en ellos, invertido, el mismo cliché que en la derecha más enrocada: para ser progresista hay que ser agnóstico o ateo, anticlerical y antirreligioso.

Sólo en el programa de Unión para el Progreso y la Democracia se plantea con rigor la cuestión: "Un Estado democrático tiene que ser laico, es decir, neutral ante todas las creencias religiosas respetuosas con los Derechos Humanos y con nuestro sistema jurídico... El laicismo no es una postura antirreligiosa ni irreligiosa (hay laicistas muy creyentes) sino opuesta solamente a la manipulación teocrática de las instituciones públicas". Este laicismo bien entendido conlleva para los creyentes una ventaja: si de una parte evita la manipulación teocrática de las instituciones públicas, de otra evita la reducción de los ritos a mera representación cultural de una religión sin Dios y la manipulación política de las festividades religiosas, a la que tan dados son los políticos que las utilizan como escaparate. Dicho sea hoy, jueves de Corpus.

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