DE POCO UN TODO

Enrique / García-Máiquez

'Lasciate ogni speranza'

ASÍ dan la bienvenida en el Infierno, según informa nuestro corresponsal en la zona, Dante Alighieri. "Dejad toda esperanza, los que entráis", eso mismo, aconsejaría yo a los que acaban de empezar sus vacaciones o están a punto. Suena un poco tenebroso de más, lo reconozco, pero quien avisa, aunque sea forzando la nota, no es traidor. Llevo un tiempo de vacaciones, y sé de lo que hablo.

Psicológicamente dividimos el año en dos mitades: una, la de los meses laborales, y otra, ésta. Pero el reparto no es equitativo, las vacaciones son muchas menos y no les caben las ilusiones y los planes acumulados durante un año entero de trabajo. El resultado es agobiarse tratando de estirar estas semanas -a fuerza de actividades y de diversiones yuxtapuestas y frenéticas- más de lo que permiten sus 24 horas por día. La publicidad, además, sobrealimenta nuestras expectativas con fotografías de playas exóticas, hamacas paradisíacas y cócteles de colores fluorescentes.

En realidad, las playas están hasta la bandera, no necesariamente azul, pedirse una caña en el chiringuito cuesta (en los dos sentidos de la palabra) un riñón, y las hamacas, si las hay, están ocupadas. El verano, como saben, tiene lo suyo: el calor, las colas en los supermercados, los niños perdidos en la playa y las obras que colapsan el tráfico porque el responsable sigue la filosofía de aquella fábula atribuida a Samaniego: "Que la obra se haga en verano/ -ordenó el alcalde ufano-/ para que el turista vea/ cuánto hacemos por la aldea". El turista preferiría ver acabado y usar lo que ya se hizo por la aldea, pero el político de turno o no lo sabe o le da igual, y las obras se hacen ahora, aprovechando la fresquita y la afluencia de espectadores, ea.

Con todo, lo peor del verano no es lo suyo, sino lo de siempre. Estos días también duele la cabeza, nos dan malas noticias, se estropea el ordenador, padecemos de insomnio o el libro que leemos nos aburre. La vida no se toma vacaciones.

Llegados a este punto (y aparte) ustedes podrían deducir que yo prefiero el invierno. Para nada: recuerden que soy un pobre profesor de instituto. En consecuencia, me entusiasman julio y agosto. Pero no ahoguemos estos días, por favor, con un exceso de esperanzas. El verano no es el paraíso terrenal, digan lo que digan las agencias de viajes, como el invierno no tiene por qué ser el infierno, ni siquiera en un instituto de enseñanza secundaria. Para disfrutar del verano -que es lo que yo les deseo a todos ustedes y a mí mismo- es esencial no empeñarse en disfrutar del verano, sino verlo venir (y marcharse) con estoicismo y buen humor.

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