SI no fuera por la sombra siniestra que le acompaña, toda esta monserga de la autodeterminación de los vascos nos entraría por un oído y nos saldría por otro sin dejar huella alguna. Si no fuera porque ETA mata, lo mismo en dictadura que en democracia, igual en la bonanza que en la crisis, tanto con gobiernos del PSOE como con gobiernos del PP, el soberanismo de Euskadi sería sólo la reminiscencia de un problema decimonónico, cubierto de polvo y telarañas. Si no fuera porque sus delirios y quimeras los proyectan sobre una tierra manchada de sangre y odio, los Ibarretxe, Azkarraga y Madrazo serían personajes grotescos e insignificantes, indignos de atención o, si se quiere, dignos sólo de un expeditivo comentario: ¡qué tíos tan pesados!

No sé si esa gente vivirá para ver realizado su sueño de un País Vasco independiente de España -y arrepentirse a continuación, seguro-, lo que sí sé es que a buena parte de España han conseguido ya hartarla. Gente cualificada profesional e intelectualmente pasa de largo por las páginas de los periódicos dedicadas a la cuestión vasca y se niega a hablar de ella incluso con familiares y amigos. No les interesa. Están hasta la coronilla de esa lata del derecho a decidir, la autodeterminación y la soberanía, la patria y su construcción, la identidad y la consulta, el referéndum y la madre que lo parió, y siempre a cargo de los mismos latosos. Y no digo ya lo que piensan los españoles de a pie. Éstos se dividen en dos grandes grupos: los partidarios de que a los vascos les den la independencia de una vez y se ponga una frontera cerrada a cal y canto en las provincias limítrofes y los que preferirían soluciones más violentas. Cada vez se hace más difícil explicar a estos dos bloques de españoles que sus amenazas no se pueden llevar a cabo. Más que nada, por el empacho que sufren. Son ya cuarenta años de pejiguera. Yo mismo he dudado si titular esta esquina Latazo o Latazo vasco. He optado por el primer título por temor a que el solo apellido "vasco" del otro ahuyentase a parte de los hipotéticos lectores.

Todos los pueblos, como todas las personas, tienen problemas, dificultades y reivindicaciones (por cierto, no creo que los vascos se pudieran quejar de los suyos si mirasen algo más allá de sus montes), pero no se dedican a darle la tabarra a los vecinos todos los días del año. A Ibarretxe le desagrada enormemente que se le diga que utiliza el terrorismo para avanzar en sus exigencias nacionalistas, pero eso es una realidad objetiva. Si no hubiera terrorismo, Ibarretxe sería sólo ese conocido acomplejado al que todo el mundo rehuye porque si te descuidas te cuenta su vida. Una vida, por otra parte, anodina e insustancial. ¡Qué pesadez!

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