La ciudad y los días

Carlos Colón

Latido de Nervión

ES dura a veces la Iglesia con devociones que difunde con insistencia hasta lograr que calen en la piedad popular; para después, si no abandonarlas del todo, irse desvinculando de ellas hasta que quedan en altares olvidados o acaban arrumbadas en sacristías y trasteros. Pero la piedad popular es más agradecida o más sentimental, y se apega a esas devociones que con tanta vehemencia le inculcaron. Es difícil saber si la postura de los clérigos es de sabios que rectifican o de pragmáticos que utilizan las devociones en función de intereses no siempre puramente religiosos. Tan difícil como saber si la fidelidad popular es fruto de la rutina o del hondo arraigo de una devoción sincera.

El caso de la devoción al Sagrado Corazón es paradigmático. Tiene un origen hermoso, San Juan oyendo el latido del corazón de Jesús cuando reclinó la cabeza sobre su pecho en la última cena. Tuvo un serio desarrollo en la era monástica y en las prácticas piadosas de las grandes ordenes, desde los franciscanos a los jesuitas. Éstos fueron sus principales difusores a partir del siglo XVII, utilizándolo en su lucha contra los jansenistas: un inicio desafortunado que lo une a conflictos y desagravios. Desde entonces hasta los grandes templos expiatorios que, como el Sacré Coeur de París o el Sagrado Corazón del Tibidabo, se alzaron en tantas ciudades expresando la defensiva religiosidad burguesa del XIX, pasando por los "detente" que llevaban los combatientes sobre el pecho, la devoción al Sagrado Corazón estuvo, para su desgracia, frecuentemente unida al enfrentamiento entre la Iglesia y el Mundo. Al resolver este conflicto el Vaticano II se inició el declive de la devoción, que por haberse popularizado sobre todo a partir del XIX tampoco gozaba de una iconografía afortunada. Conocida es la bronca entre Joaquín Romero Murube y el cardenal Segura cuando entronizó al Sagrado Corazón en la catedral.

Todo esto es historia bajo cuyos escombros late un rescoldo de sincera devoción y cariñoso apego liberados del carácter beligerante que tantas veces se dio a esta advocación. Un rescoldo que en Nervión se mantiene con una fidelidad ejemplar, como la supervivencia de lo más entrañable de aquel antiguo barrio familiar de chalés, buganvillas, jazmines, casitas de la Ciudad Jardín, digna modestia o amable bienestar. Tuvo además la suerte de tener una hermosa imagen de Antonio Illanes que, lejos de la iconografía seriada, parece un Señor de barco grande con olivo al que el amor le desgarrara el pecho. Ayer se celebró su fiesta y mañana sale en procesión, resucitando latidos del antiguo Nervión.

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