El poliedro

José Ignacio Rufino / Economia&empleo@grupojoly.com

¿Latitud, divino tesoro?

Las brechas de renta surgen tanto entre los países como dentro de los propios países

SIN querer evitar el tufo de complejo de superioridad camuflado con datos, un excelente semanario como The Economist ha publicado datos que comparaban la productividad, el desempleo, el PIB per cápita, la deuda pública, el déficit y la inversión exterior de los países del Norte y los del Sur. En todo, el Sur -el paquete completo llamado Sur- puntúa peor que el Gran Norte (no el gélido y salvaje de los cuentos de Jack London, sino el de la próspera Eurozona generalmente protestante). Es lindo sentirse superior, para lo cual es lindo y hasta imprescindible contar con un inferior: he visto ese tic en hermanos que se afirman sobre sus propios hermanos, en gente de unos barrios con respecto a los de otros, en centroeuropeos o británicos hablando de los españoles, en españoles hablando de los moros, en moros hablando de los negros todavía más africanos (África, de donde provenimos todos, por cierto).

El grafiartículo en cuestión (Latitude) se pregunta, juguetón, si hay algo más que latitud en tanta y tan flagrante diferencia: "Las respuestas, al Bundesbank", dice la frase final en plan enigmático. De nada le vale que en Silicon Valley haga un calor asfixiante o que en Dubai haya más pasta por centímetro cuadrado que en ningún otro sitio, o que la relativamente sureña Múnich sea mucho más rica que otras regiones alemanas bastante más nórdicas. La pieza no se da espacio para hablar de historia, antecedentes y evolución de las estructuras económicas, ni de curiosas ruinas norteñas y llamativas riquezas sureñas que hay en los mapas. Da por sentado que el norte funciona mejor. Pero no es así siempre ni en todo.

Cualquiera que haya estado en el Reino Unido, o haya visto alguna película de los ingleses Ken Loach o Mike Leigh, sabe que la proletarización de la clase media -el escuálido aburguesamiento de los proletarios industriales, si prefieren- es una cosa muy british, algo así como la cara oculta de sus grandes y refinadas glorias: gente desprotegida, desdentada, inculta, alcoholizada, siempre en precario. Encontramos esta semana el contrapunto a Latitude en otra noticia del todavía primer mundo, que nos hace ver que la realidad agregada o macroeconómica puede ser equívoca. Y cada vez más hiriente, sea por el frecuente recurso al topicazo con fundamento, sea porque hay cada vez más gente que lo pasa muy mal.

La sección de Educación del TheNew York Times informaba el miércoles de que millones de niños comienzan a comer gratuitamente en los colegios de Estados Unidos. Sus padres se acogen a una medida del Gobierno, una de esas medidas que simbolizan el retorno de la acción social pública a la caridad. Los desempleados con hijos pueden ahorrar -es un decir- en comida, tal como dispone una medida que en realidad es antiquísima y de la que hacían uso un número residual de familias de esas que allí, patria de lo políticamente correcto, llaman unprivileged (desprivilegiadas). Un millón más de niños alimentados con subvención al año, casi un diez por ciento anual de incremento desde 2007. No son sólo hijos de gente que salió de la construcción en Florida o Nevada, también hay cientos de miles de hijos de ejecutivos, ingenieros y técnicos, por ejemplo de la Kodak, que ha llevado a cabo un downsizing radical: eliminar niveles intermedios del organigrama, lo que no deja de ser un trasunto de la eliminación progresiva de unas clases medias que bien pueden haber sido flor de varias décadas. Un planeta cada día más ferozmente desigual. (Cuando esto se escribe, la radio habla de las brutales diferencias de riqueza que surgen en China: de la pobreza para todos del comunismo chino, a 300 millones de pobres de solemnidad junto a más de un millón de multimillonarios.)

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