Palabra en el tiempo

Alejandro V. García

Lecciones de Telma

TELMA Ortiz ha perdido la partida. La pretensión de sus abogados de que la juez autorizara la censura previa es un disparate. La pida quien la pida y da igual en nombre de qué. En el caso hipotético de que la juez hubiera accedido, un minuto después habrían llovido las peticiones en los juzgados instando medidas cautelares semejantes. De Roca a Julián Muñoz, pasando por el jefe de la policía de Coslada. ¡Adiós libertad de expresión! El asunto de Telma Ortiz, sin embargo, no se agota aquí. El acoso a que es sometida rutinariamente es infame, pero no es delito. Lo impide, ha dicho la juez, su "proyección social", que es un concepto elástico, capaz de acomodarse a la situación de la persona perseguida. La paradoja es extraordinaria; los únicos que tenemos garantizado el respeto a la intimidad somos los que carecemos de proyección social y le importamos un carajo a los paparazzi. ¿Y para qué queremos esa garantía legal si nuestra notoriedad es ridícula y, por tanto, no interesamos a las avezadas redacciones del corazón?

Sin embargo, si por una conjunción de estrellas nos convirtiéramos de la noche a la mañana en personajes notorios (una lotería o el parentesco súbito con un emperador o un asesino) y las cámaras de televisión nos acorralaran sería inútil quejarse, pues ya formaríamos parte de los individuos con proyección social y, por tanto, estaríamos expuestos impunemente a la mordedura de los sabuesos rosas.

Pero el asunto es aún más complejo. La proyección social se puede conseguir en teoría sin hacer nada, sólo con la mera filmación y la proyección repetida de nuestra imagen. Bastaría salir tres veces en una revista de gran tirada o en un programa de chismorreo para que perdiéramos el anonimato; a la cuarta, ya no valdrían nuestras protestas: las tres difusiones anteriores nos habrían convertido en personajes de "proyección social".

Se han escrito muchas reflexiones sobre el caso de Telma Ortiz. En la mayoría de ellas el autor se pone en el caso de la familia acosada y trata de reproducir en sí mismo la extraordinaria tensión que supone la persecución. Nadie, sin embargo, ha escrito poniéndose en lugar del espectador de programas rosas que cada semana exige con avidez su ración de carnaza. ¿Por qué? Si nos ponemos en la piel de Telma, fingimos; si representamos al espectador, somos nosotros mismos .

En la sentencia de Telma Ortiz hay otro aspecto clarificador. Todas las crónicas dicen que Ortiz ha denunciado a la "prensa rosa". ¿Cuáles son esos medios? Apunten: Televisión Española, Antena 3, la Sexta, Sogecable, Televisión autonómica de Madrid, de Valencia, Canal Sur. Etcétera. ¿Quiénes quedan fuera?

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