Plaza nueva

Luis Carlos Peris

Libertades y libertinajes

HEMOS ido evolucionando igualito, igualito, que Joaquín Miranda, aquél que de banderillero de Juan Belmonte llegó a gobernador civil de Huelva, degenerando. Hemos ido, con los años, derivando a ni mejor ni peor, sino a distintos. Lo que se practicaba cuando el ordeno y mando era impresentable, luego se recondujo la situación a base de ir ganando libertades y ahora que podíamos estar en el fiel de la balanza, en una situación idónea para una sociedad justa, resulta que confundimos libertad con libertinaje y, por ejemplo, toda una ciudad es amenazada por unos pocos. Situación increíble la que protagonizaron unos trabajadores de Tussam el pasado martes por el desgraciado hecho de que un compañero se había suicidado. Doloroso hecho el que una persona se quite la vida y dramática situación como para llegar al suicidio, pero es injusto que paguen tantísimos justos por tan poquísimos pecadores y en lo de pecadores meto tanto a patronal como a trabajadores.

Es más que posible que el suicidio obedeciese a causas laborales, pero no puede ser que en pleno Siglo XXI, una ciudad de las dimensiones de Sevilla pueda estar a expensas de lo que decida un sector cabreado. No sé de quién es la razón, tampoco si le acompaña toda la razón o parte, ni siquiera sé si esa parte de razón es mucha o insignificante, pero no se puede vivir en un estado de amenaza permanente. No puede ser que cada vez que asoman Semana Santa y Feria revolotee sobre el nido del sevillano una amenaza de huelga municipal. No puede ser que el ciudadano se quede sin una prestación indispensable para moverse por una ciudad de estas dimensiones, por lo que, lamentando profundamente el suicidio, no es de recibo que todas las patadas al alcalde las reciba el ciudadano en su propio trasero, no puede ser.

Los servicios públicos, como su nombre indica, están para servir al ciudadano y no para fastidiarle. Fastidiarle o inferirle perjuicios de toda laya. Bastante tiene el pueblo sevillano con aguantar los dislates de sus gobernantes municipales como para ser también rehén de los trabajadores municipales. Es como si el pueblo estuviera presenciando un partido de tenis, mirando a un lado y a otro, para que al final todos los pelotazos los reciba él, el pueblo. Los perjuicios que la protesta de doscientos trabajadores de Tussam ocasionaron en la movida del martes, hecha sin previo aviso y enmascarando una huelga en regla mediante una patología psíquica, habrán sido incalculables. Pequeños dramas, grandes contratiempos, impuntualidades de coste indefinido, demasiadas agresiones a un pueblo al que siempre cogen con el pie cambiado, antes por la falta de libertades y ahora por los excesos de libertinajes.

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