Crónica personal

Alejandro V. García

Ligera depresión

ROBERT Connon Smith, uno de los dos astrónomos que han predicho que, si la naturaleza no cambia su curso, dentro de unos 7.590 millones de años la Tierra será expulsada de su órbita por el Sol y "caerá hacia una rápida y vaporosa destrucción en una trayectoria espiral", ha comentado, con una flema que sólo puede ser producto de la conciencia de una rápida y curativa mortalidad, que la conclusión de la investigación le parece "algo deprimente". Connon Smith disponía de un buen paquete de adjetivos para calificar el fin del mundo (apocalíptico, calamitoso, infernal, etcétera), pero al final se decidió por uno de los menos dramáticos (deprimente), y no satisfecho con eso le antepuso un adverbio de cantidad para amortiguar su moderado patetismo.

"Algo deprimente" significa que sí, que resulta angustioso e incluso inquietante, pero no desde luego para que los profesores del septeto del fin de los tiempos empiecen a bruñir las trompetas ni para perder una noche de sueño. A mí, más que la noticia del fin del mundo, lo que me causa inquietud es la descripción de la caída -en "trayectoria espiral"- quizá porque la identifico con el aturdimiento del vértigo.

Y sin embargo, no hay escapatoria. Otro científico, Mario Livio, ha rematado: "Incluso si la Tierra escapara por los pelos de ser engullida por el Sol se achicharraría y la vida resultaría destruida". Sí, ligeramente deprimente. Comparativamente, la derrota del PP, las previsibles batallas para incorporarse al nuevo equipo de Rajoy o los cuatro años de desolación que, según describen con patetismo muchos conservadores, les esperan bajo el Gobierno "laicista" de Rodríguez Zapatero suscitan emociones más elevadas que la ligera depresión del apocalipsis.

Cualquier acontecimiento de los que vienen descritos y comentados en los medios supera el relativo malestar que inspira a los científicos la noticia del fin del mundo. Y qué decir de los mensajes "catastrofistas" disparados en los últimos cuatro años sobre la ruptura de España tras la colisión (fallida) con los aerolitos estatutarios, aunque, eso sí, los dos principales profetas de la hecatombe, Eduardo Zaplana y Ángel Acebes, parece que serán sustituidos por otros menos vehementes.

No estaría de más que todos imitaran la flema de los astrónomos y que, mientras esperamos la consunción de los tiempos, abordaran la nueva legislatura con menos afanes destructivos. El camino ha comenzado con cierto sentido del orden: separando a dos magistrados del Constitucional por su contaminación ideológica, lo que abre el camino para devolver la confianza a los españoles sobre uno de los órganos básicos del Estado.

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