La ciudad y los días

Carlos Colón

Loreto

TEORÍA de la Semana Santa como pirámide. En la cúspide, como me enseñaron mis mayores y Sevilla, el Señor, la Esperanza y el Cachorro. En la base, eso a lo que se llamaba pueblo y, si hoy no se corresponde a una realidad social, sí nombra una realidad cordial hecha por cientos de cofrades sin relumbrón que dedican toda su vida a sus hermandades, y por miles de hermanos y devotos anónimos que mantienen vivas a las hermandades con sus cuotas y a las imágenes con sus oraciones. Entre una y otra está el piramidal cuerpo escalonado, conformado por todas las hermandades de Sevilla ordenadas según lo que su historia y sus sagradas imágenes hayan aportado y aporten a la Semana Santa. Iguales en dignidad y derechos, no todas las hermandades lo son en méritos: es importante decirlo en este momento en el que no pocos cofrades parecen afectados por ese vicio relativista y subjetivista que iguala por abajo negando la excelencia.

Entre su vértice esculpido -Gran Poder, Esperanza, Cachorro- y su base popular de carne, sangre, devoción y memoria, disponga cada cual más arriba o más abajo las hermandades según su gusto o sus afectos, que ya Sevilla se encargará de establecer su propio orden, no caprichoso, sino establecido por la historia (cuanto haya contribuido la hermandad a hacer la grandeza de la Semana Santa), por el arte (en qué medida haya logrado el genio del imaginero hacer visible en su sagradas imágenes el misterio del poder de Dios transparentándose en el cuerpo herido de Cristo, y la resurrección en su cuerpo muerto) y por la devoción (que capacidad tenga la imagen para imantar ojos, convertir vidas, acoger dolores y aliviar corazones).

En uno de los lugares más altos de este axis mundi (eje del mundo que une el cielo y la tierra) que toda pirámide es, está la hermandad de San Isidoro, cuya Virgen de Loreto está este fin de semana en besamanos como un hondo paréntesis de silencio abierto entre el fragor de las Esperanzas. Virgen prudente y discreta, Loreto representa hoy lo que su cofradía cuando regresa callada a su casa, mientras el Viernes Santo se deshace de tristeza y de cansancio: eso que, más allá de todo tópico, se puede llamar sevillano. Con esto sucede como con el tiempo, según San Agustín: si no me preguntan sé lo que es, pero si quiero explicarlo no lo sé. Esta capilla recogida, esta hornacina de la que emerge tanto desvalimiento caído, este alto Tabor resplandeciente que le dio Curro el "doraó" al Señor de las Tres Caídas, este arca de oro que bordaron las hermanas Granado y repujaron Seco y Velasco para la Virgen de Loretoý Sevilla.

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