Visto y oído

Antonio / Sempere

Luján

CINCO días aguantó Luján Argüelles en las tardes de Cuatro. Cinco tardes aguantaron Eugeni Alemany, Santi Rodríguez y Edu Soto acompañándola y haciendo de las suyas. ¿Y ahora qué? Siempre me he preguntado cómo es el día después del cierre de un programa de televisión. Malas horas, silencios. Si los operarios desmontan el decorado con la misma rapidez que el día después de Reyes los empleados del cortinglés convierten la Navidad en Rebajas.

También me pregunto en esas circunstancias si los presentadores, y los miembros visibles del equipo, tan seguros de sí mismos mientras están a tiro de cámara, se derrumban cuando nadie les ve, y echan la lagrimita en un rincón, por la rabia y la impotencia del momento. No es descabellado imaginarse la escena.

Lo que diga la rubia es paradigmático acerca de lo que ocurre en nuestros días; el culmen de la televisión efímera. Esa que tarda mucho más en arrancar que en quemarse. Un mes llevaban los del equipo calentando motores, ajustando los detalles, y sólo una semana ha bastado para que queden apeados de la carrera.

De este modo, cualquier atisbo de televisión imaginativa, diferente, osada, está condenada al fracaso. Nos alegramos mucho al ver a Mario Vaquerizo en el plató, a modo de tertuliano residente. Pero no nos dio tiempo a disfrutarlo. Ni a aburrirnos de él y de sus estrafalarios compañeros.

En las teles de hoy en día sólo manda lo seguro y lo rentable. El Gran Hermano, por los siglos de los siglos. Así es que puede volver Fama, que le funciona a Cuatro, y aquí no ha pasado nada. Qué época aquella cuando había programas.

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