la ciudad y los días

Carlos Colón

Lunares y quejas

Aver si ahora que empieza la copa Davis nos vamos olvidando de la anécdota, la flamenca tenista, en beneficio de lo relevante, que el evento se celebre en Sevilla. Es cierto que el cartelito, además de estar copiado de un banco de imágenes, es horroroso. Es cierto que no basta que el Ayuntamiento diga que ha sido una iniciativa de la Federación Internacional de Tenis y que la responsable es una empresa que desarrolla el proyecto íntegro de la competición. Debe asumir que la cuestión le incumbe porque debían haberlo rechazado, no por tópico, que también, sino por hortera.

No lo han hecho y han de cargar con la bronca del cartelito, a la que se suma la del cutre anuncio de los Reyes Magos despatarrados al sol. Con ello los populares han cometido el peor error que en materia de imagen podían cometer: ofrecer una imagen que responde a la que sus peores enemigos presentan de ellos, la de una derechona de señoritismo, siesta, pelo engominado y flamenqueo.

Afortunadamente el cartelito no empaña el éxito de haberse traído la Copa Davis ni afecta a sus benéficos efectos publicitarios y económicos. Sólo perjudica a los munícipes que no han podido o sabido rechazarlo y beneficia a la oposición que, pese a tener tantas razones para callarse al menos mientras las setas sigan en pie, ha convertido la anécdota en categoría.

Dicho lo cual añado que se deberían hacer menos melindres por lo del cartel o lo de los Magos, y aceptar que entre todos, gobernados y gobernantes de todos los partidos, en los últimos veinte años hemos hecho de Sevilla un hortera parque temático.

No tiene más lunares el dichoso cartelito que los desteñidos y polvorientos trajes de flamenca que cuelgan de los bazares que inundan el corazón del centro histórico, alternándose con camisetas y calzoncillos con eslóganes groseros estampados. No dan peor imagen de la ciudad el cartelito o los Magos al sol que la que ofrece su centro histórico rendido al turismo de masas, aglomeración de bares -unos más cutres, otros menos-, franquicias y tiendas de recuerdos.

Hasta la Iglesia ha convertido los dos templos más importantes de Sevilla -la Catedral y el Salvador- en museos con hilo musical, tenderetes, guardias de seguridad, entradas de pago y exigencia de identificación a los nativos para poder acceder gratuitamente a ellos.

Sólo una misa diaria se dice en el Salvador, frente a las cinco que se dicen en la Basílica del Gran Poder. La flamenca tenista es el reflejo de nuestra explotación como un cutre parque temático turístico y de la cobarde pasividad de quienes lo consentimos. Cada ciudad tiene los carteles que se merece.

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