opinión

Manuel Francisco Sánchez Blanco

Lunes de Pentecostés

CAMINABA por una calle de Sevilla una mujer de mediana edad, de rostro hermoso y pelo castaño, cubría sus hombros con un matoncillo blanco; la cabeza baja, el paso ligero. De repente se abalanzaron sobre ella unos policías de paisano, la esposaron y la introdujeron en un coche celular a toda prisa. Directamente la llevaron a la presencia del gran comisario. Éste le preguntó su nombre:

-Me llamo María, esposa de José del linaje de David y tengo un hijo de nombre Jesús. Aquí, en esta ciudad, también me llaman con otros nombres, y allí junto al mar me conocen con el nombre de Rocío.

No le cogió de sorpresa la respuesta al gran comisario, él sabía perfectamente quién era. ¿Por qué has vuelto? Ya casi nadie se acuerda de ti, salvo en fechas señaladas. La humanidad ya no te necesita, te han sustituido por telenovelas, por "princesas del pueblo"… Y los más formados, por la ciencia y la tecnología. Es evidente que no han seguido tus recomendaciones, eres sólo historia. ¿Por qué has vuelto? Volvió a preguntarle:

-Pensé que no estaría mal confundirme entre ellos, saber cómo les va en primera persona, cara a cara. Sentir su risa y su llanto.

-¿Y qué has visto y oído?

-He gritado mi nombre y nadie me escuchó, les he hablado y ellos me han rechazado; les incomodaba mi presencia, muchos me tomaban por una vagabunda. El gran comisario sonrió:

-Así que ya sabes toda la verdad; que tus efímeros altares son falsos, como sus gritos y vivas, que tu nombre es excusa, que todo ese ardor es pura fachada televisiva, que solamente te representan para congratularse en su estética. No te necesitan, es mejor que te vayas.

La liberaron y la dejaron en la calle. Ella vagó por la ciudad días y noches sin consuelo. Se disponía a marchar cuando se enredó entre sus pies un perrillo blanco vagabundo, lo acarició, y el perrillo, dando saltos, la indujo a seguirle. Atravesaron ciudades y campos, hasta llegar ante una puerta. La empujó con las manos y ante sus ojos apareció una gran sala blanca llenas de monitores de televisión.

Se fijó al azar en uno de ellos: allí estaban aquellos niños, huérfanos y abandonados, viendo pasar las carretas; algunos los saludaban, otros no. De entre ellos, casi al final de la comitiva festera y ruidosa, un peregrino se acerca y los saluda, habla con ellos y sonríen y quitándose el sombrero rezan juntos una oración. Cuando se despide, deja en las manos de la hermana que los cuida un sobre cerrado con un generoso donativo que hará viable aquel maravilloso proyecto.

María sonríe, el perrillo ladra, se fija en otro monitor: una hermosa y joven mujer, vestida de flamenca, va tras una carreta de plata, camina sola. Ha recibido días antes una terrible noticia: le quedan pocos días de vida. No llora, sólo quiere llegar ante Ella y cuando por fin pisa el mármol lleno de arena, con su cara churretosa y su cuerpo cansado, se le escapa una lágrima y no le pide nada para ella.

María sonríe de nuevo, se fija en otro monitor: un hombre mayor, se escapa de la fiesta, de las risas y de las copas; entra en el templo blanco sin sillas y sin bancos, de rodillas reza como sabe por los enfermos y por los débiles. Pero él no cree que su oración sirva para algo, pero siempre vuelve una y otra vez a intentarlo. Su fe es débil pero su corazón es grande.

A María se le ilumina la cara, ya no necesita mirar más monitores. El perrillo la mira fijamente en silencio. Ahora sabe que no la han olvidado, que no han dejado de quererla, que aunque sólo fueran unos pocos entre millones habría valido la pena su viaje, porque la semilla germinó y se transmitió en generaciones y así seguirá para siempre.

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