La ciudad y los días

carlos / colón

¿Qué tienes tú, Macarena?

POR tupidos que sean los paños negros con que la cubran, como se hacía con los espejos en los duelos antiguos, nada puede impedir que los traspase la luz de este espejo de la gloria de Dios. Aunque se fijen las agujas en la hora funesta de la muerte y se detengan los péndulos de los relojes para simbolizar la interrupción de una vida, no hay mano que sea capaz de detener la oscilación del ancla de su corona. Da igual que la tenga puesta o no. Porque la corona de Juan Manuel, como el paso y los dos mantos que le hizo, son un aura que nunca la abandona; y aunque no los lleve, nunca se deja de percibir su destello, como si fueran esas luces danzarinas que se siguen viendo cuando se cierran los ojos cegados por un destello del sol. Da igual que la vistan de luto por todos sus hijos muertos, porque su cara proclama todos que viven ante Ella.

Cuando Muñoz y Pabón y Rodríguez Ojeda tuvieron la genial idea de enlutar a la Esperanza tras la muerte de José, crearon otra de las supremas contradicciones que hacen única a la Macarena. El choque entre el negro de las ropas y la luz de su cara reproduce el combate entre el ceño fruncido y la sonrisa apuntada, entre las lágrimas y la alegría de los ojos que las lloran, entre la boca del sayón que lee la sentencia de muerte y el prodigioso perfil de su boca entreabierta que grita palabras de vida eterna.

Un combate opuesto y a la vez idéntico al que libra con su corona, su paso y sus mantos: los borra hasta convertirlos en un tembloroso reflejo del resplandor de su cara. Por eso siempre se la ve como se la debe ver, como no se la puede dejar de ver: entre lágrimas que difuminan y hacen borroso todo lo que no sea su cara. Manuel Cuevas lo cantó en el remate de la saeta que ya es historia y leyenda: "¿Qué tienes tú, Macarena? ¿Qué tienes en la mirá, que tó el que mira tu cara tiene que rompé a llorá?".

Si derrotó a Juan Manuel, ¿cómo no habría de derrotar a sus priostes? Aunque en realidad no derrotó al genio de la calle Duque Cornejo. Él, como Ruiz Gijón al tallar el paso del Señor de Gran Poder, sabía lo que hacía: erigir un templo bordado para una imagen que borra cuanto no sea ella misma. Bordó Juan Manuel el resplandor del rostro de la Esperanza, convirtiendo su paso y su cofradía entera en un juego de espejos que lo multiplica. Y al vestirla de negro sus priostes la cubren con el dolor de nuestros duelos para que su rostro los alumbre con la luz de la resurrección.

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