La ciudad y los días

Carlos Colón

Madre María de la Purísima

EL amor hace eternas las cosas terrenas, escribió esta mujer que hoy es proclamada beata, bienaventurada que goza de la presencia de Dios y lo transparenta al mundo con su intercesión tras su muerte como lo hizo en vida con sus obras. Es una frase a la vez sencilla y extraordinaria. Lo propio de las Hermanas de la Cruz. El sobrio testimonio del médico que la trató durante los cuatro últimos años de su vida es un vivo retrato de esta mujer que él describe como "una monja sonriente, sencilla, agradecida, atenta, pudorosa sin remilgos, natural, comedida". Nada aparentemente especial o aparatoso. Una paciente más que aguardaba en las abarrotadas salas de espera de la Seguridad Social que la llamaran para seguir su duro tratamiento.

Es fácil imaginarse a una santa afrontando el dolor y la muerte hace siglos, en una habitación de desnudas paredes blancas sólo adornada por una cruz -la suprema elegancia conventual- rodeada de hermanas orantes con pliegues zurbaranescos en sus hábitos, en un mundo en el que nos parece que la santidad era más fácil porque había menos ruido que sofocara la voz de Dios. El testimonio del doctor Enrique Murillo desvela la santidad afrontando el dolor y la angustia de la enfermedad, la dureza del tratamiento y la certeza de la muerte en este mismo mundo nuestro en el que todo parece conjurarse para trivializar la vida y achicar los horizontes; y en estos mismos consultorios a los que todos acudimos, cuya saturación y carácter poco acogedor hace que se pierdan aún más quienes se sienten perdidos y sean aún más vulnerables quienes están heridos.

No es que falten allí todos los días ejemplos de valor y solidaridad. Lo excepcional de esta monja era su desprendida entrega a un presente tan traspasado de eternidad, que le hacía no temer el futuro inmediato de su muerte. Cuando el médico le dijo la poca y dura vida que le quedaba, se le escapó el Salmo 121: "Qué alegría cuando me dijeron vamos a la casa del Señor". En sus 42 años como oncólogo sólo había escuchado otra vez esta frase tras un diagnóstico fatal. Fue a una monja de Santa Paula.

"No me parecía que ella fuera obra puramente humana", ha dicho el doctor. Y no lo era. Ninguno lo somos. La diferencia entre ella y la mayor parte de nosotros es que Madre María de la Purísima lo sabía con la certeza de lo que se conoce por experiencia personal y se practica cada día. Esta mujer que se beatifica en un estadio olímpico fue lo que San Pablo pedía a los corintios: una atleta del espíritu que renunció a todo con alegría, porque lo hizo por amor, para ganar una corona inmarchitable.

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