desde el fénix

José Ramón Del Río

Madrid, de dulce

VOLVÍ de mi viaje a Argentina gratamente impresionado de Buenos Aires. Porque la ciudad que fundara en 1536 Pedro de Mendoza y refundara en 1580 Juan de Garay y que hoy cuenta con 12 millones habitantes, es la ciudad más europea de Sudamérica. Su nombre primitivo fue Puerto de Santa María de los Buenos Aires. Y aunque no quede hoy nada anterior a 1870, lo construido después, encargado a los mejores arquitectos del mundo, como sus grandes avenidas (la del 9 de Julio tiene 130 metros de anchura) o monumentos, como el Obelisco, la Pirámide de la Plaza de Mayo, o la Torre de los Ingleses, son de una gran belleza y armonía. El tipismo colorista del barrio de la Boca, con el estadio del Boca Junior, o la calle Caminito, que cantara Gardel en su tango: los barrios de Puerto Madero, donde los almacenes portuarios son hoy bares y restaurantes; de la Recoleta, con su cementerio de costeados túmulos funerarios; San Telmo, con sus anticuarios, o los jardines de Palermo, conforman una gran ciudad, considerada como la más elegante de Sudamérica.

Con estas imágenes recientes en mi memoria, viajé a Madrid y, en coche, recorrí desde el Paseo de las Delicias, donde está la estación de Atocha, los paseos del Prado, Recoletos y de la Castellana, dejando en el camino el bello edificio del Ministerio que fue de Obras Públicas, el Hotel Ritz, el Museo del Prado, la Plaza de Colón, etcétera. hasta terminar en las altísimas Cuatro Torres, muestras de una arquitectura de vanguardia. Todo iluminado, con un derroche de luces que no denota ninguna crisis económica y que le dan una belleza difícil de igualar. Al día siguiente, paseé por la calle Serrano, con sus obras ya terminadas y culminadas con bancos para los paseantes, con su sucesión de lujosos escaparates, de joyería, antigüedades y ropa cara, también negadores de la crisis.

A mi vuelta, camino de la estación de Atocha, pedí al taxista que me llevara por la Castellana, para ver a la luz del día lo que me había parecido, iluminado, una maravilla de ciudad y, junto a la Cibeles, admiré el Palacio de Comunicaciones, remozado y hoy despacho de la Alcaldía, con zonas para exposiciones. Comenté con el taxista lo bonito y cuidado que estaba Madrid y el hombre, que por su conversación me pareció de cultura superior, me alabó la gestión del alcalde, Alberto Ruiz Galardón y ni siquiera se quejó demasiado del tráfico. Para finalizar sus alabanzas, comentó: "Como dicen ustedes los andaluces, Madrid está de dulce". Me pareció un buen eslogan para la capital de España. A mí me gusta más que el "de Madrid al cielo", porque, como también decimos los andaluces, para ir a tan buen lugar ¿qué prisa hay?

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