en tránsito

Eduardo Jordá

Magos

AHORA que vivimos los últimos días de las vacaciones de Navidad, me gusta repasar lo poco que sabemos de la leyenda de los Reyes Magos. Antes de que empiece la terrible cuesta de enero -y este año todo apunta a que va a ser terrible de verdad-, es bueno hacerse la ilusión de que vivimos en un mundo que no está gobernado por las agencias de calificación crediticia, sino por la otra clase de magia -la beneficiosa, la inocente- que procede de las leyendas antiguas que no sabemos muy bien por qué nos empeñamos en conservar. Pero el caso es que las conservamos, y si lo hacemos, quizá sea porque nos ayudan a vivir mejor.

Y eso es lo que ocurre con el mito de los Reyes Magos. Es cierto que ahora no es mucho más que una simple coartada comercial, instigada por publicistas y centros comerciales, pero esta leyenda nos ha acompañado desde hace mucho tiempo y de algún modo ya forma parte de nuestro imaginario colectivo. Y no es casual que tres de los más grandes poemas del siglo XX fueran inspirados por los Reyes Magos. El mejor de todos esos poemas lo escribió T.S. Eliot y se llama El viaje de los Magos. Y los otros dos los escribieron W.B. Yeats (Los Magos) y Luis Cernuda, que se inspiró en el poema de Eliot para escribir La adoración de los Magos, en 1940, durante los días tristes de su exilio en Inglaterra.

Y lo mejor de todo es que apenas sabemos nada sobre los Magos. Su historia apenas ocupa media página en el Evangelio de san Mateo, que fue escrito hacia el año 90 de nuestra era. Y no sé sabe quién lo escribió, y aunque se suele atribuir a Mateo, el discípulo de Jesús que había sido recaudador de impuestos, lo más probable es que se tratase de otro Mateo que vivía en una comunidad judía de Siria. Repito que todo es misterioso y que apenas sabemos nada con certeza. Pero ese oscuro Mateo del que tampoco sabemos nada escribió la historia de los tres reyes de Oriente, que también eran magos y adivinos, y que un buen día emprendieron un viaje, siguiendo el rastro de una estrella, hasta llegar a un establo en Belén. No sé dónde leí que ese otro Mateo se inspiró en el viaje que el rey Tirídates de Armenia, junto con su séquito de adivinos, hizo a Roma en el año 66 para visitar a Nerón. Tirídates adoraba al sol, así que servía muy bien para representar la idea del declive del paganismo que el evangelista quiso expresar con el viaje de los Magos. Pero da igual de dónde haya salido la inspiración de la leyenda. Lo indudable es que ese mito, que representa a los poderosos humillándose ante un niño en un establo, es una de las creaciones más poderosas que haya concebido nunca la imaginación humana. Y nos viene bien recordarlo, ahora que empieza un año en el que todos vamos a ser obligados a hacer justo lo contrario de lo que hicieron los Magos.

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