palabra en el tiempo

Alejandro V. García

Magret de 'pato cojo'

SI aceptamos que Rodríguez Zapatero, aplicando la frase hecha con que los norteamericanos denominan a los políticos en su último año de mandato, es un pato cojo habremos de aceptar que los líderes con un programa brumoso y demasiadas prisas para coronarse rey son, siguiendo a Esopo, águilas de ala cortada, monos disputando su nobleza o cuervos hambrientos. Hay nombres y moralejas suficientes para que cada uno elija el animal hablador que mejor represente sus inquietudes y lo saque a pasear por el parque con el pato renqueante del presidente del Gobierno. No sé cual será la moraleja que resumirá el último año de mandato que se abre ante Zapatero. Dependerá de qué haga el pato y cuál sea el comportamiento del resto de la fauna de la parábola.

Para los partidarios del pato cojo (los partidarios que han aceptado convertirlo en magret o rociarlo con salsa de naranja) se abre una posibilidad, pequeña, muy pequeña de regeneración. Los socialistas son conscientes de que su hipotética derrota será consecuencia más de la abstención de la mayoría progresista del país que de los votos de aluvión que sume el PP de los descontentos. La izquierda es intransigente con los comportamientos errados de sus líderes, con la degeneración de los presupuestos ideológicos y la corrupción. Y su modo de responder a la deslealtad es la abstención.

Si el PSOE logra sortear las trampas de las elecciones primarias, remonta el año de legislatura con cierta dignidad, evita el suicidio colectivo en Andalucía (antes ERE, ahora la crisis de la dimisión de Pizarro) y elige a Rubalcaba como futuro candidato tendrá una posibilidad (leve, breve) de reconciliar a una parte de sus votantes. Demasiadas condiciones que, unidas a esa vocación de calamidad que parece dirigir su destino, alejan por momentos la redención.

Aunque también dependerá, por supuesto, de qué haga el segundo animal de la fábula. De momento, la reacción es a mi juicio contraria a sus intereses. La suprema impaciencia por tomar el poder que han expresado los líderes del PP tras la renuncia del presidente es contraproducente para su imagen, pues evidencia el regreso de ese talante fanfarrón y conminatorio que los electores ya liquidaron votando a Zapatero en 2004. Un talante que inquieta. El PP puede reclamar elecciones generales pero no, como ha ocurrido el pasado fin de semana, reclamar el poder, como si le perteneciera. Primero, porque el poder no es suyo; segundo, porque hace falta antes ganar unas elecciones; y tercero, porque la paralización electoral en estos momentos sería un desastre para la convaleciente economía española. ¿Será capaz el mono impaciente de aguantar un año al pato cojo organizando la granja sin retorcerle el pescuezo o malograrle de un codazo el magret?

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