la esquina

José Aguilar

Malala

LOS héroes más auténticos, los más íntegros e imperecederos, no son los que se preparan y luchan para serlo, sino aquellos a los que, sin buscarlo, la vida los conduce a protagonizar gestas que nunca imaginaron tener que realizar.

Son héroes contra su voluntad y contra su vocación. A su pesar. Ellos sólo cumplen con lo que consideran su deber, pero las circunstancias los empujan al heroísmo. A veces incluso se limitan a conducirse conforme a las exigencias de su edad o condición. Son los condicionantes externos los que nos hacen descubrir su valentía y su coraje.

Pensaba estas cosas considerando el caso de Malala Yousafzai, la chica paquistaní de 14 años tiroteada por un talibán cuando se dirigía a coger el autobús para ir de la escuela a su casa. Intentaron asesinarla por eso, por ir a la escuela a aprender y subir los primeros escalones que habrían de llevarla, tal vez, a ser de mayor médico o abogada. "Era joven, pero estaba promoviendo la cultura occidental", declaró un portavoz de los asesinos a modo de justificación. Cuando ellos tomaron a sangre y fuego la comarca en la que Malala vive, en 2007, prohibieron la música, implantaron la ley islámica, organizaron tribunales que ordenaban la ejecución de los infractores de la sharia y cerraron las escuelas femeninas. Es normal, para ellos, recluir a las mujeres en el hogar para que alcancen su destino natural de servir a los hombres, y peligroso, en consecuencia, que las futuras mujeres aprendan en las aulas que pueden aspirar a otro destino.

A Malala Yousafzai le tenían ganas sus verdugos. En 2009 la BBC empezó a difundir el diario que escribía en su blog. En él describía, con la inocencia de sus once años, la barbarie a la que la sometían los talibanes, la recomendación de sus profesores para que no llevaran ropas de colores que molestaban a los radicales o su propia iniciativa de ocultar el uniforme colegial y esconder los libros bajo la vestimenta de calle. Lo hacía, como digo, sin darse importancia, tal vez sin ser enteramente consciente de su arrojo y su audacia. Cuando el Ejército recuperó el valle y expulsó a los talibanes, fue condecorada y celebrada con varios premios internacionales. Mientras llegaba a la adolescencia convertida en una heroína sobrevenida e involuntaria, los fanáticos preparaban su venganza, que ahora han logrado ejecutar a medias.

Millones de jóvenes occidentales habituados a una vida confortable y acomodada no soportan la mínima disciplina de sus maestros y desprecian la oportunidad de formarse en las aulas gratuitas. Muy lejos, en Pakistán, su coleguita Malala se ha expuesto a morir a manos del terror sólo por querer aprender. Su heroísmo no pretendido es aún más valioso por puro contraste.

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