La campana

José / Joaquín / León

Mañana de Superprocesión

DESPUÉS de la noche de Supercopa llegó la mañana de Superprocesión. Para que digan que en Sevilla no pasa nada en agosto. Se notó que estamos en un cambio de ciclo: en el Cabildo Catedral con el nuevo arzobispo, monseñor Asenjo, que presidía la procesión por vez primera; en el Cabildo Municipal con el relevo del alcalde, Alfredo Sánchez Montesirín, que salía por última vez al frente de la Corporación. Y en otros cambios, unos más visibles que otros.

Fue una gran mañana de procesión de la Patrona. Eso que vaya por delante. Y con un público que, en su inmensa mayoría, sabe a lo que va. A diferencia de los últimos años, no se pusieron vallas a lo largo de todo el recorrido. Se demostró así que en las vallas sólo servían para estorbar y para generar un gasto inútil. Sin vallas por medio, la gente se puso donde le dio la gana y podía pasar de un lado a otro hasta que llegaba la Banda Municipal, sin formar las dos orillas divididas de otros años. Por supuesto, a nadie se le ocurrió formar bullas delante del paso, ni cosas así.

Dio la sensación de que había más público presenciando la procesión. O sería que estaba mejor distribuido. Y también dio la impresión de que esta procesión, a fuerza de ser una Superprocesión, se nos puede desmadrar y perderse el canon de su medida, que siempre fue la que fue: escueta, suficiente, casi delicada. Por el contrario, la procesión de ayer tuvo ciertos aires incipientes de cortejo de Corpus. Si este corpuseo sigue yendo a más obligará a replantear cosas, o a inventar otro Corpus en agosto.

La Asociación de Fieles de Nuestra Señora de los Reyes está realizando una excelente labor y ganando hermanos y devotos. Eso tiene su reflejo en la procesión. Sus filas se han alargado y rejuvenecido. Ya no es una asociación de unos cuantos devotos de avanzada edad, según la pintaban en otros tiempos, sino que ya quisieran muchas hermandades, incluso de Penitencia, tener lo que tienen ahora ellos: decenas y decenas de hermanos y hermanas de todas las edades, incluidos jóvenes y hasta niños, a los que no les da vergüenza salir acompañando a su Virgen a cara descubierta. Pero claro, llevar a decenas y decenas de hermanos y hermanas, sin una sola insignia por medio, sin un simpecado, sin un librito de reglas, sin un estandarte y demás, produce una monotonía tipo tramos duros del Corpus. Y además se amplía el cortejo en un itinerario que de por sí es breve.

En el cortejo ampliado hay que cuidar los detalles. Si las señoras van de traje oscuro, pues que vayan todas, no el 85%. Y no sé qué altas misiones tenían unas hermanas azafatas con sus uniformes, o algo así. Estamos a un paso de adoptar la azafata de procesiones. Otro detalle que llamó la atención es que los tradicionales nardos de la Virgen estaban más salpicados de claveles que otras veces; de modo que llevaba claveles y nardos en las esquinas, en vez de nardos y algún que otro clavel, según era costumbre.

Destacada fue también la participación militar. Yo no sé qué pasa, pero cuantas más prohibiciones le pone el Gobierno del PSOE al Ejército laico para asistir a las procesiones más soldados vemos. Con tanto prohibir se consigue el efecto contrario: más notables se hacen. Y se llevaron sus ovaciones, pese a la ausencia de la bandera.

Después de una gran procesión, una Superprocesión, llegó el Pontifical en la Catedral, que es -¿o era?- el colofón perfecto del día. Para ser más perfecto hubiera necesitado un servicio de vigilancia catedralicio que no permitiera el paso constante de turistas y curiosos al lugar donde estaban los durante la celebración, para molestarlos tapando las pantallas. Y mostrando un vestuario inadecuado: bermudas, shorts, chanclas, babuchas… Señores ¿esto era un Pontifical del día de la Virgen, o era la playa de Chipiona? Señores, esto no pasaba antes, todo hay que decirlo.

Monseñor Asenjo, que debutaba en este Pontifical mostró sus buenas dotes en la homilía, bien construida, con referencias históricas y aplicación al presente, aunque no entró en demasiados detalles de actualidad. Después mostró sus dotes de jefe a quienes se olvidaron de que aún estaba dando la paz. Pero al rematar la faena, si así puede llamarse a la bendición final, tuvo un pequeño lapsus, y al referirse a la Virgen de los Reyes, la llamó Nuestra Señora del Sagrario. Estaría pensando en otros años en Toledo, digo yo, cuando la Virgen del Sagrario, patrona de esa ciudad, recorre la Catedral en la mañana del 15 de agosto, que también es su día. O a lo mejor es que en Toledo algunos van a los pontificales en bermudas y chanclas, y por eso le entró el lapsus, viendo el contraste con los chaqués del Consejo.

En fin, que una Superprocesión como ésta debería serlo hasta el final. No se acaba cuando le prohíben al Ejército que interprete la Marcha Real.

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