la ciudad y los días

Carlos Colón

Mañana en los jardines del Alcázar

SENTADO bajo el alto caño de agua que cae en la fuente de Mercurio. Mañana de frío transparente en el Alcázar. A la izquierda la fachada de la galería del grutesco en una perspectiva fugada. El muro color albero, resplandeciente de sol dorado y claro, a mi derecha. Al fondo las siluetas de las palmeras, cipreses y naranjos veladas por la fina cortina de agua que el viento despliega y el sol densifica y hace visible como una transparente malla de oro. Ese sol, aún bajo, alarga las sombras del desigual suelo de barro.

El constante caer de unas aguas huidas del alto y grueso caño que cae sobre el estanque, bajo el que me cobijo como Johnny Logan bajo la cascada que conducía al saloon de Vienna, ha cubierto de espesa verdina tres barrotes dándoles un aire Atlántida, de ciudad sumergida. Brillan los broncíneos leones rampantes de las esquinas que, vaya usted a saber por qué, me traen a la memoria el paso de la Quinta Angustia. Mercurio lo preside todo con su pose de torero chulo aguardando que le pongan el toro en suerte.

Y el ruido de la artificial cascada batiendo las aguas del estanque en el que nadan peces fabulosamente grandes. El caer del agua que fue la música de los compluvios y las fuentes de los peristilos de las casas de Itálica y de Híspalis que heredaron los visigodos; la música de los juegos de agua que recorrían las estancias del Alcázar de Isbiliya y adornaban sus jardines; la música de las nuevas fuentes nacidas de su reordenación por Vermondo Resta que le dio este estanque y estos grutescos en tiempos de Felipe IV; la música de las glorietas regionalistas en cuyas fuentes pequeñas de tazas coquetas el compuso a partir de unas soleares que había oído en Chiclana, anotado a toda prisa y guardado durante diez años hasta que le sirvió para componer este "murmullo de soleares", como el compositor llamó a esta pieza. Murmullo de agua, murmullo de soleares, árboles, fuentes, bronce, mármol, albero, azulejo, naranjos… Y al fondo, la Giralda.

Qué quieren qué les diga. Sevilla está en todas partes. Y hasta tal vez esté más allí donde no la haya alcanzado la prostitución turística, en esos barrios de fisonomía impersonal pero a los que sus vecinos les dan un aire netamente sevillano. Es cierto. Pero donde yo encuentro una Sevilla más Sevilla, más historia y más ensueño, más monumental y más frágil, más severamente auténtica y más juguetonamente tópica es en los jardines del Alcázar. Salón de recibir que, como sucedía en las casas antiguas, los sevillanos sólo pisan cuando hay visita.

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