la esquina

José Aguilar

Manifestarse o violentar

SE está construyendo a marchas forzadas un argumentario que pretende ser neoconservador y tan sólo es rancio: un PSOE impotente está impulsando la helenización de España a través de algaradas callejeras para deslegitimar al Gobierno y conseguir lo que las urnas le niegan.

La base de este argumentario no es otra que los actos vandálicos cometidos en Barcelona con el pretexto de una manifestación de estudiantes. Se olvidan dos detalles. Uno, que hay desde hace años grupos organizados antisistema que actúan en Barcelona con cualquier pretexto, desde una celebración deportiva a una marcha contra los desahucios, y actuar es, para ellos, arramblar con el mobiliario urbano, quemar contenedores, destrozar cajeros y provocar a la policía. Dos, que el mismo día de la manifestación barcelonesa hubo otras de estudiantes en Madrid y Valencia, sin el más mínimo incidente, y otras más de trabajadores en numerosas ciudades en protesta por la reforma laboral, que también se desarrollaron con normalidad.

Las actividades delictivas de minorías radicalizadas no pueden ser utilizadas para criminalizar a las mayorías que ejercen el derecho de manifestación pacífica consagrado en la Constitución. Contra la reforma laboral, contra los recortes sanitarios o educativos o contra lo que los organizadores y participantes estimen oportuno. Es ilógico prohibir la procesión del santo por miedo a que se profieran blasfemias. El final de este camino consistiría en la imposición del pensamiento único: hay que aguantarse con la reforma laboral porque no existe otro remedio, los recortes no sólo son inexorables, sino que se deben acatar sin rechistar, y salirse de la doctrina oficial equivale a incendiar la calle y llevar al país a la ruina y el desorden de una nueva Grecia.

Cierto que el PSOE haría bien en desmarcarse con nitidez de cualquier acto de violencia callejera, distinguir su oposición de partido responsable y de gobierno de otras oposiciones más ruidosas, no confundir las voces de la calle con la voz del pueblo en su conjunto, que es la que hace y deshace gobiernos mediante el voto, y encontrar su lugar en la política española ahora que en el Parlamento ha quedado arrinconado. Pero no es digno de anatema por recurrir la reforma laboral o manifestarse al lado de los sindicatos, como el PP lo hizo en la anterior legislatura contra la política antiterrorista de Zapatero, el aborto o el matrimonio homosexual. La calle la ocupa mucha gente por muy diversos motivos, sin que quepa culpabilizarles de los incidentes que se produzcan en cada caso.

Por lo demás, España está lejos de Grecia en casi todos los sentidos. El miedo al respecto puede ser tan gratuito como inducido.

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