La ventana

Luis Carlos Peris

Mano a mano entre la calor y el duende

CAÍA la calor de la noche a plomo, como si el techo de nubes lo aprisionase contra las miles de personas que habían ido al encuentro con el arte. Era una noche tropical, como si se plegase a las exigencias de la vidalita con que el artista resucitaba a Pepe Marchena. La calor, que nada tiene que ver con el calor, ni siquiera permitía ver a la Luna creciente, que se emboscaba entre el nublado para unas apariciones fugaces que generalmente coincidían con la llegada del duende. Porque, eso sí, el duende no sólo revoloteó sino que se hizo carne y habitó entre los que nos citábamos en el cofre maestrante. La calor y el duende protagonizaban un mano a mano prodigioso en el que lo mismo se iba de Caracol a Jerez que de Bambino a Camarón. Y cómo sonó en la garganta de Poveda el cante de aquellas dos niñas de Utrera que se fueron a la tumba con la llave de Utrera... Qué mano a mano el de la calor con el duende.

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