la ciudad y los días

Carlos Colón

Mansas calores de octubre

DADME el de julio y agosto. Olas de sol estrellándose contra el malecón de las murallas de la Macarena como si la Resolana fuera un encrespado mar de fuego; que de los Altos Colegios a San Julián el apretado laberinto de calles inverosímilmente estrechas y retorcidas -Ruiz Gijón, Duque Cornejo, Malpartida, Amargura, Pasaje de Amores, Sagunto, Macasta, Torres, Morera, Padre Manjón, Arrayán, Hiniesta, Aniceto Sáenz- parece una Cádiz cercada por un océano de Rondas abrasadas.

Dadme el de julio y agosto. Avenidas líquidas por la refracción de la luz, cegador brillo de los azulejos de las torres coronadas por inmóviles veletas al rojo vivo, quieto aire táctil presionando las cúpulas como si fueran el casco de un submarino descendido a profundidades abisales, guardia de fuego del Giraldillo, desafío de viejas espadañas en las que los jaramagos secos parecen flores mustias sobre tumbas olvidadas, bloques de pisos con todas las ventanas cerradas, todas las persianas echadas y todos los toldos bajados.

Dadme el calor bravo de julio y agosto, que embiste noblemente, y no este calor cornicorto, descompuesto, aplomado, manso, que achucha y garapea para al final atacar traicioneramente. Dadme 45 grados nobles y bravos de pleno verano, y no los 33 de estas otoñales y traidoras calores tardías que parecen fiebres. Calores amarillentos como el índice y el anular de un fumador antiguo, húmedos como las almohadas y las sábanas de las calenturas, pegajosos como los palos del algodón de azúcar. Calores insoportablemente groseros que ignoran el calendario y desconocen la cortesía de las estaciones, invaden el otoño, infectan el Rosario, lamen el Pilar y amenazan con quedarse hasta Todos los Santos.

Según el amigo Maldonado, en el próximo puente bajarán un poco las temperaturas. Hasta podría llover. Pero será un engaño. Porque para la semana que viene anuncia un remonte hasta los 29 ó 30 grados y no da alguna esperanza de fresco hasta que celebren su fiesta los claretianos.

Decía don Gregorio Corrochano que hay toros que son toreados por los toreros y toreros que son toreados por los toros. En este último caso el culpable es siempre el torero: "Cuando el torero es toreado por el toro -escribe-, cuando no se acoplan, cuando no se entienden, es que tienen temple distinto. No desconocemos que hay toros difíciles de temple. Pero todo depende del temple del torero y del temple del hombre". Y ponía como ejemplo supremo de temple a Belmonte. Pues bien don Gregorio, a este toro manso de las calores de octubre no hay matador que lo lidie, por mucho temple de hombre y de torero que tenga. Ni el mismísimo Juan Belmonte.

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