Marco Polo

Micer Marco Polo ha conocido el monte Ararat, las sederías de Bagdad, la avaricia sin fin de los califas; también supo de las tribus errantes que oscurecían el día a su voluntad, para facilitar el crimen bajo una vasta noche inducida.

Micer Marco Polo ha conocido el monte Ararat, las sederías de Bagdad, la avaricia sin fin de los califas; también supo de las tribus errantes que oscurecían el día a su voluntad, para facilitar el crimen bajo una vasta noche inducida. Si hemos de creer cuanto se dice en su libro, micer Marco Polo ha presenciado el milagro de una montaña movediza, obrado por un zapatero ciego. Y ha conocido la tumba de los Reyes Magos en una breve ciudad de Persia, cuyos habitantes apenas guardan el recuerdo de aquellos monarcas de la Antigüedad, que visitaron a un Dios en la ardiente lejanía de Palestina.

Precisemos también que micer Marco Polo dicta su obra (algunos quisieron llamarla, por burla, el libro del Millione, por las abultadas cifras con que el viajero quiso medir aquel confín del globo); digo que micer Polo dictará a Rustichello, su escribano, en la cárcel de Génova, mientras la armada genovisca y los barcos de la Serenísima doblan las aguas del Adriático, y las vías comerciales del Oriente, en busca de un mermado predominio. Es el año de 1298, y por tanto queda apenas siglo y medio para que el Imperio Romano Oriental, la vieja Nova Roma, caiga con las murallas de Constantinopla. Entonces será Mehmet II, junto con la furiosa cañonería de Urban, los que oscurezcan aquella claridad dorada de los Paleólogos.

Necesariamente, Marco Polo ignora todo esto; y, sin embargo, su disposición parece anticiparse a la de aquellos hombres que regirán el XV italiano, cuando sea llegada la hora de los codottieri y de cierta ensoñación erudita, librada sobre la Antigüedad pagana. Al comienzo de estos Viajes, escribe Rustichello: “Nuestro libro os dará cuenta de todo ello clara y ordenadamente, tal como el señor Marco Polo, noble e instruido ciudadano de Venecia, lo describió; tal y como lo contempló con sus propios ojos”.

Más adelante, Rustichello puntualiza: “También se dirán aquí ciertas cosas que no llegó a ver, más las supo por hombres dignos de toda confianza”. Es decir, que Rustichello (y Polo a través de él), responden a la exigencia de veracidad que ya había establecido Heródoto de Halicarnaso dieciocho siglos antes. Y sin embargo, Polo no es un hombre de ciencia. Ni siquiera es un observador preciso. Hay en él, no obstante, la honesta vocación testimonial que prefigura, de algún modo, la exactitud de Alberti y “lo claro y lo distinto” de monsieur Descartes. Será, pues, esta fidelidad a los hechos que Polo exige y nos ofrece, la que moldee una mirada mítica en sustancia. Pero si Polo ve con los ojos del mito –ya sean los mitos de la Cristiandad o cuantos aún perduran de la hora clásica–, lo cierto es que tales mitos, a ojos del viajero, deben ya mostrarse como realidades patentes y hechos razonables. Así, los Grifos serán sólo águilas de gran tamaño; y el Arca de Noé, la Nave del Mundo, se ofrece al veneciano como una colosal estructura, apenas entrevista, sobre las nieves eternas de la Armenia Mayor. También la leyenda del Preste Juan, el fabuloso reino cristiano, perdido en el centro mismo del Asia bárbara y descomunal, verá menguar su prestigio, convertido en un mero antagonista de Kublai Khan.

Señalemos que Polo, hombre de quince años, marcha en compañía de su padre y su tío, Nicolo y Mafeo, como embajadores de Gregorio X ante el Khan. Cabe adivinar aquí la urgencia, la necesidad de una alianza de Europa y Asia ante el peligro sarraceno. Y también la oportunidad, no desdeñada por Polo, de comprobar la veracidad de cuanto se recoge en las Escrituras. Todo lo cual nos devuelve a la tumba de los Reyes Magos, y al extraño hecho que postula. Al comenzar su descripción de Persia, dice Polo/Rustichello que en “este país está la ciudad de Sava, de donde partieron los tres Magos que fueron a adorar a Jesucristo”. Sava no es aquí, obviamente, el reino bíblico conocido, sino una pequeña ciudad de Irán, que custodia las sepulturas, cuadradas y con remate de cúpula, que albergan los restos de los monarcas errantes (cómo llegaron, un siglo antes, los restos de los Reyes Magos a la catedral de Colonia, por mano de Federico Barbarroja, no deja de ser un impenetrable misterio).

Lo cierto es que Polo indaga entre las poblaciones vecinas, y comprende que los Magos pusieron a prueba al Redentor, ofreciéndole diversos dones: oro, incienso y mirra. Si escogía el incienso, era hijo de la divinidad; si era el oro lo que apetecía, sería un simple hijo del limo y la desdicha. Cuando los reyes entran por separado al cobertizo de Belén, cada uno de ellos creyó encontrar a un hombre de su edad, de aspecto muy similar al suyo. Más tarde, sin embargo, cuando penetraron juntos al portal, Jesús se les ofreció a la vista como lo que era, un niño sereno y balbuciente. ¿Qué dios es éste que se deduce de lo relatado por Polo? ¿Era dios un espejo que nos pone ante lo que somos, ante la verídica efigie de nuestras almas? ¿Era acaso una luz que va del hombre al niño, del rey al dios, y que nos recuerda la densa oscuridad del mundo? ¿Era dios ese niño que acepta, que obtuvo, que cargará ya para siempre con el oro terrenal, con el incienso sagrado, con la mirra untuosa y lenitiva?

Más tarde, Polo diría que un error, que una súbita incredulidad de los Magos, propició la secta de los adoradores del fuego. Cabe preguntarse, entonces, por la melancolía y el vértigo del joven Polo ante la tumba de aquellos monarcas, férvidos seguidores del dios de Belén e instigadores, sin embargo, de un burdo culto pagano.

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