Por montera

Mariló Montero

Marta: nombre de paz

LO más parecido a sentir la paz interior debe ser la sensación de estar sentado sobre la cima de una loma cuyo techo es el cielo y donde el suelo es una sábana de césped fresco. Quieto, entre el todo y la nada, donde la distancia física te aleja de los pensamientos de quienes siempre te tienen presente. Hay un momento en el día en que puedes sentirte en paz que es cuando todos duermen y nadie se acuerda de ti. Sólo los cálidos violines del viento acariciando los pliegues de tus oídos crean pequeñas cajas para el pensamiento interno.

Vivir en paz es lo que pide Antonio del Castillo, a quien se le derrumbó su apellido y su identidad el día que su hija desapareció. Una diabólica tarde de un invierno en decadencia antes del fulgor de la primavera. A Antonio no le llega la paz por culpa del eco sordo del último grito de socorro de su chiquilla, muerta en una especie de pasillo deshumanizado, taciturno y enigmático. Se la tragó el León, el zarpazo del número trece.

Antonio no ha vuelto a disfrutar ni de la risa; ni de sus amigos, que tratan de sacarlo de paseo y de los que huye frente a la gente que confunde su rostro con el de algún actor u otro famoso. No es actor, aunque le haya tocado protagonizar una película que jamás habría querido ver entre las que seleccionaba para su mejor entretenimiento. No ha vuelto a ver películas, pero su drama se sigue rodando. Antonio se aferra a uno de sus sueños y, para evitar que la realidad se lo gafe, prefiere no desvelar los titulares de los periódicos. Esos que tantas páginas han llenado con el desbrozo de los pormenores y malos menores.

Antonio piensa en Marta. Se la imagina en el portal de su casa. Él, diciéndole que no regrese tarde. Ella se despide con una sonriente obediencia mientras se difumina tras los cristales de un humilde portal donde ya no hay farolas que lo iluminen. Las candelas velan su regreso. La dentera del corte de ese último segundo rompió la paz. Para encontrar la paz individual el resto de los tuyos debe estar dormido.

Marta, aún, no duerme en paz. Su grito retumba en el seno de muchas mentes hasta que se dé con sus huesos y con ellos se pueda firmar en la tierra. Los interrogantes, la maldad de unos presuntos asesinos, la mala fortuna de la mentira o la perversa verdad hacen que de ello dependa. El antojo de un río, de sus fieras riadas, la prisa por no retener nada, de tragarlo todo. Pocas cosas le quedan al agua por escupir que no sea una pista de la adolescente.

La esperanza se aferra a que un buen día un caminante encuentre un hueso que borre los interrogantes que escoltan este nombre de mujer: ¿Marta? Que el nombre de tu hija sea eternamente una pregunta no da paz. Sólo queda el antojo de la suerte para una familia torturada por la perversión de una pandilla de caníbales. Sólo queda que Antonio pueda sentarse sobre esa loma, cuando todos duermen, y así encontrar su paz.

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