Visto y oído

Francisco Andrés Gallardo

Matiítas

SIEMPRE ha cuidado su imagen al milímetro y al fotograma. Ni un sarao inapropiado, ni una mala cara atrapada a destiempo, ni un tema que desbarre y siempre un color apropiado para sentarse en la calle. Cuenta chistes y hace imitaciones en la intimidad, en círculos cerrados, en alguna fiesta olímpica, pero durante años sólo se permitió una excentricidad: cantar en Telepasión en Nochebuena. Un malvado fragmento de youtube rememora algún malhumor. Ay, la vidioteca.

Pero por encima de algún desliz remoto, es un nombre ejemplar. Matías Prats cumplía ayer 7.000 programas. No es un número redondo del todo, pero Antena 3 quería hacer patria de uno de los baluartes de su patrimonio, eslabón de la estirpe mejor modulada. Anoche volvía a lucir su terno impecable, como cualquier día, y, en la línea de renovación de la cadena, introduciendo su informativo nocturno de pie, interactivo, con los folios enrollados.

El sueño de Barcelona 92, aquellos días que vivimos envueltos en una nube, está unido a su campechanía, con su comadre Olga Viza. Ambos se encontraron en Antena 3 cuando TVE, tan ingrata como siempre, no movió un dedo cuando anunciaron que se mudaban. Matías, Matiítas, llegó a la emisora pública de la mano de su padre, aunque la versión oficial asevere que don Matías fue el último en enterarse. Como siempre, lo provisional se convirtió en un idilio eterno. Aquel chico, que se transformaba con el piloto rojo, fue tocando todos los palos, desde el boletín a la retransmisión más insospechada, hasta convertirse en el valor más seguro de la pantalla, como constatan todas las encuestas. Si hubiera que encomendar a alguien para anunciar el fin del mundo, Matías sería la elección más eficaz. La conmemoración de los 7.000 de Prats es una tarta dedicada a la pulcritud y la credibilidad.

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