Tiempos modernos

Bernardo Díaz Nosty

Mayo aún es joven

LOS jóvenes, claro, son los herederos del futuro, pero hay quien duda de que sean conscientes de la herencia. Ahora se recuerda el Mayo del 68, la primera revolución de los jóvenes, y se hacen tímidas comparaciones entre los de hoy y aquellos universitarios que, desde su memoria burguesa, apelaban al abrazo con la clase trabajadora y pedían la erradicación del cinismo político, la imaginación al poder, la solidaridad y otros mitos de un humanismo terminal que se tenían por el verdugo del capitalismo tardío...

Aquellos jóvenes del 68 pretendían ejecutar la herencia antes de tiempo y, cuando fueron conociendo el imperio de las miserias, muchos abandonaron las raíces de la utopía. Los adelantados en la retirada tomaron las riendas del poder posible, sin importarles ya la línea divisoria entre capital y trabajo, derecha e izquierda…

Un colega del 68, de convicciones radicales, venido a banquero con la democracia, me relataba, dieciséis años después del sueño parisino, las derivas de algunos amigos de la Moncloa, cuando la Moncloa era la estación de Metro por la que salían un número elevado de jóvenes barbados, superior al de las mujeres en el camino de la Universidad. Mediados los años 80, en La Moncloa, la gente del 68 había mejorado su posición. Tanto que mi amigo, que fallecería prematuramente y del que, mucho antes, finó su ideario, aseguraba que la Guerra Civil había terminado en España por aquellos años 80 y no en 1939, empleando para ello una prueba para él irrefutable. "¡Están comiendo en la misma mesa! ¡Están mordiendo!", repetía. Desde el puente de mando de la Banca se sabía que la corrupción había dejado de ser el patrimonio histórico de la derecha. Fueron aquellos años donde los langostinos "dos salsas" curaron hambrunas históricas y abrieron el apetito de la clase política más resistente al desencanto.

Zapatero, que no estuvo en París, ni dieciséis años después en aquella Moncloa con coiffeur, habla de hacer avances generacionales en su partido y evitar la oxidación de sus líderes. Ciertamente, los jóvenes están hoy mejor preparados que los del 68, pero alejados de la política porque nadie les ha llamado a dar el relevo. Se ha abierto una brecha generacional que, por lógica histórica, producirá una nueva revolución, seguramente menos ingenua y generosa que la del Mayo francés. Una revolución basada en la comunicación y resuelta a encarar problemas endémicos para los que la retórica política se ha mostrado ineficaz. Pero no serán los jóvenes cuota de marketing, requerida para tirar de la noria -avanza y vuelve al punto de partida-, quienes la protagonicen. Porque ser joven no es tener menos años para entrar en el viejo escenario político, sino conocimiento y capacidad de innovación en la dirección más segura de la historia.

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