RELOJ DE SOL

Joaquín Pérez-Azaústre

Medrano por Umbral

DIEGO Medrano no tiene la cabellera de Umbral, gris y desvaída y posromántica, pero la llegará a tener si persevera, igual que esas gafotas de miope comidas por la luz de letra impresa. La letra impresa, en realidad, es una luz, esa misma luz que se ha colado dentro de las cuencas ojivales, hambrientas de papel, de noche y ubres, que define y construye, corrobora, toda la escritura de Medrano. Diego Medrano presenta Una puta albina colgada del brazo de Francisco Umbral, que es la primera aproximación inmediata al maestro cotidiano del café. La columna, en Umbral, aparte de su fórmula artesana, del cruce de los nombres en negrita tirando mucho de Ortega y Juan Ramón, del 27 y la cena de la noche anterior, era especialmente ese café, esa espuma del día, el placer de ese día. Medrano ha escrito una historia en la que un joven literato viaja a la conquista de Madrid, quiere conquistar el Madrid de la calle Hortaleza, de los arrabales del Gijón, un Café Gijón misérrimo y turista. La novela, entonces, se levanta a sí misma, y como en tantos otros libros parecidos que escribiera en su día Francisco Umbral sobre los botines blancos de piqué de Valle-Inclán o sobre el malditismo poético de Lorca, es el personaje estudiado quien logra conquistar el territorio de la narración novelística, narración mutante de verdad, que va así derivando hacia el ensayo vocacional y poliédrico, pirado y magistral.

Mucho hay de pirado y magistral en la literatura de Diego Medrano, pero en esta novela ha refundido una tradición que empezó Umbral y que ahora se consuma con Medrano: porque, del mismo modo que el columnista, un día, escribió un ensayo-novela sobre Larra, titulado Larra. Anatomía de un dandy, ahora es Diego Medrano quien ha hecho lo propio con Umbral, y será algún día futuro, cuando ya no esté Medrano para escribir a codazos, para lanzar esputos de su prosa arrebatada y lírica, cuando otro escritor joven escribirá a su vez una novela-ensayo que homenajeará a Medrano.

Mientras tanto, en Una puta albinacolgada del brazo de Francisco Umbral, no sabemos muy bien si es Medrano quien nos habla de Umbral o si es Umbral, inerte pero exacto en sus palabras, quien logra hablar de Medrano a su través. Umbral, cuando escribía de Valle para crujir a Baroja o cuando ensalzaba a Rubén como el gran Baudelaire español, en realidad hablaba de sí mismo, o dejaba a Rubén, a Valle y Larra apadrinar a Umbral desde la tumba. Es lo que ha logrado Medrano en este libro, ser apadrinado por Umbral. En esta gran lectura veraniega, el lector hallará dos grandes escritores, quizá el mismo escritor, en la misma pensión sucia y deslucida de Madrid, con la misma pasión física y sangrienta por ir sumando libros al riñón.

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