Relatos de verano

El Melómano (Iii)

D ESPUÉS de tan íntima confesión no crea que me desvío de lo del asesinato, o que estoy así, a la chita callando, mareándole la perdiz; en absoluto. ¿Cómo podría olvidarme de ese gigantesco peso sobre mi conciencia? No, no lo olvido ni un segundo, pero es que usted mismo insiste una y mil veces en que le cuente todos los detalles, por insignificantes que parezcan, que al final en un juicio todo puede valer, así a mí me parezca todo el rato que nos perdemos en minucias accesorias, y claro, ahí lo ve, la realidad es que un poco sí me pierdo, no nos engañemos... Si su problema es que se le acaban las pilas o las cintas de la grabadora podríamos ir más directamente al grano, yo qué sé, o hablar más rápido, si le parece...

¿Puede darme otro cigarrillo?

Y fuego también, sí, por descontado.

¿Por dónde íbamos? Sergio, Sergio, eso es. Él mismo lo repitió infinitas veces durante el primer año: "¿No sería magnífico que el hombre pudiese alimentarse sólo de música?". Lo afirmaba con los ojos desorbitados, febrilmente, con todo el sentimiento puesto en las palabras, con verdadera música en los labios. A Sergio lo acosaba ese prurito. Le robaba horas al sueño para oír música, dejaba que se enfriara la comida hasta completar la audición de un concierto, no estaba para nadie según qué celestiales frases recolectara de los surcos de un disco. Yo, por mi parte, aunque al principio apenas si alcanzaba a comprender medianamente aquel insólito apetito suyo por devorar tantísima nota, aprovechaba de manera deplorable la llegada del cheque mensual para encima regalarle discos y más discos, y me involucraba así sin darme demasiada cuenta en su locura, en su melomaniaca quimera. Quería demostrarle, imagino, mi afecto o mi amor o lo que fuera -usted ya sabe-, llegué a ocuparme de todos los trabajos domésticos para que él tuviese todo el tiempo para la música, y si durante un fugaz instante de lucidez logré interpretar todo aquello como alguna clase de enfermedad incurable me dije y me repetí para mis adentros que bendita enfermedad, que ojalá todas las enfermedades hiciesen mejores a los hombres, porque Sergio era al mismo tiempo la bondad, la belleza, el amor mismo no sólo por la música sino también por todo cuanto le rodeaba, por mí, por la luz, por el día y la noche, por los pájaros que se posaban en la ventana para oír por ejemplo a Mozart desgranando sonidos enormes que llenaban el cuarto de Sergio y la casa entera y mi mente y mi corazón.

¡Alimentarse de música únicamente! Eso es tirarse a corazón abierto a lo que se ama. Alcanzar ese nirvana es entrar de todas todas en comunión con lo más importante de nuestra vida.

Y así llegué un día de hace ya más de dos años al piso después de una clase soporífera de lingüística -asignatura aborrecible donde las haya para gente que como yo incluye en sus escasos tres dedos de frente un alto porcentaje del componente lúdico de la existencia- y me encontré a Sergio muy afanoso en la cocina con las tijeras del pescado cortando a trocitos la carpeta de un disco de John Coltrane, echándolos en la fuente de cristal de las ensaladas. La sonrisa con que me obsequió fue todavía terrenal, tengo que reconocerlo, pero fue sin duda una sonrisa que ya daba asilo a dos pequeños reflejos de luna en las comisuras.

¿Qué podía haberle dicho yo en ese primer momento de asombro, de verdadero estupor? Nada. Absolutamente nada. Para casos así lo mejor es masticar en silencio ese adagio tan filosófico de mi pueblo que pone en ejercicio simultáneo a tres descansados verbos: ver, oír y callar. ¿Qué demonios hacía Sergio en la cocina? ¿Se había vuelto loco o qué?

Luego comimos en silencio, sin mirarnos ni articular una sola palabra, yo unas patatas fritas con huevos y chorizo preparadas a la carrera, Sergio una ensalada de trocitos de carpeta de disco con lechuga y cebolla y tomate. ¡Con qué deleite masticaba mi amigo aquel insensato montículo de verduras y cartón! Yo lo veía por el rabillo del ojo saborear un trozo donde se adivinaba la piel de chocolate de Coltrane, otro trozo que contenía parte de una oreja, un ojo, el dorado metálico del saxo, las letras del título...

No ponga usted esa cara, porque no creo que consigan sus arrugas hoy la gama de gestos con que acompañó mi rostro aquella espeluznante primera comida musical. Le puedo asegurar que la perplejidad es una palabra que se queda muy corta para definir las tormentas de ideas que cruzaron por mi cabeza en aquel momento. "Sus muertos, sus muertos...", fueron no obstante las únicas palabras que logré poner en pie dentro de mi cabeza a los postres, delante de dos cafés negros cortados por una nube de mala leche.

Luego, usted lo comprenderá, debí quedarme a su lado el resto de la tarde temiendo que le sobreviniera lo peor, que se le abriese un corte asesino en el esófago, una úlcera en el estómago, que se desmayara, que me vomitara encima incluso. Nada de eso ocurrió sin embargo; ni un minúsculo eructo se dejó escuchar. Es más, Sergio parecía radiante y lleno de vida, mejor que nunca.

Por eso no me extrañó que para la cena cogiese la carpeta del concierto para violín y orquesta de Beethoven y se preparase otra ensalada, esta vez con los trozos de cartón y maíz y aceitunas y aguacate. Daba gusto verlo comer. Si la digestión que hizo esa primera noche guardó una estrecha relación con la comida como supongo, entonces no me equivocaré demasiado si le digo que los sueños que debió de tener fueron los sueños de los mismísimos ángeles. No así fueron los míos de aquella noche, porque no puede haber sueños cuando no se pega ojo. Para eso también abusan en mi pueblo de otro adagio: pasar la noche en blanco; pero yo le puedo asegurar ahora que ni un pintor sabría decir cuántos colores además del blanco enturbiaron mi almohada aquella noche profética de las catástrofes venideras.

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