Relatos de verano

El Melómano (I)

Usted me asegura que cualquier pequeño detalle que le cuente ahora le puede servir y venir al pelo, que no me olvide de nada por insignificante que parezca, que arañe, que rebusque en la memoria sin temor, y yo, viéndolo así de interesado, engolosinado a más no poder, con esa cara de psiquiatra que se le dibuja sin que usted se dé cuenta ni lo pueda remediar, yo le vuelvo a insistir en que este asunto está perdido de antemano, que a mí mismo incluso se me hace bastante difícil creer a estas alturas mi propia historia, tantísima truculencia, y que cada minuto que pasa soy más consciente de la inutilidad de este proceso en el que usted se empeña y de lo absurdo de su presencia tantos días en este lugar. Es más, con la mano en el corazón le puedo asegurar que está perdiendo su tiempo y su dinero, por no hablar de los cigarrillos que le estoy sangrando.

De todas formas, ya que me asegura que éste es su trabajo y que lo hace muy a gusto, que tiene todo el tiempo del mundo para gastarlo conmigo si fuese menester, le contaré con pelos y señales, desde el mismísimo principio, y luego juzgará usted mi historia, pero desde ya le anticipo que al final convendrá conmigo en que los motivos no son los suficientes para haber matado a ese hombre con tanto ensañamiento y que él en verdad no tenía culpa de nada.

* * *

Cuando llegué a esta ciudad hace cuatro años venía huyendo con el rabo entre las piernas del tedio amarillento de un pueblo peligroso perdido entre montañas viejas y gastadas, desertando en realidad del tremendo emparedamiento mental al que me llevaban de firme mis interminables vagabundeos por el campo, las excesivas partidas de billar y de tute en el casino rodeado de pensionistas y borrachos y una novia formalísima que ya sabía bordar y que me atiborraba de magdalenas y bizcochos que no le salían ni bien ni mal sino todo lo contrario. Cuando llegué a esta ciudad hace cuatro años no puede afirmarse que trajera un equipaje intelectual excesivamente cateto y bizcochero, no, pero sí que las naves de proyectos con que pensaba arribar en lo urbano hacían agua por los infinitos agujeros que yo mismo había permitido con aquellas ristras de carambolas adolescentes anotadas con fullería en los ábacos y con las cuarenta en bastos y las veinte en espadas repetidas tantas veces en aquellas aburridísimas tardes saturadas de inconsciencia, de tabaco y de café.

Parece ser que la excusa de terminar de una puñetera vez el Bachillerato que tenía aparcado desde hacía tanto en la plaza de mi desgana causó alguna admiración en el seno de mi familia y un cierto fastidio lánguido en los senos de mi prometida, aspectos que a mí en aquel momento no me condicionaron en absoluto porque la decisión ya estaba tomada y no la iba a cambiar por nada del mundo, así me inundaran las lágrimas abundantes y muy verdaderas de mis viejos o sintiera más apretado y rotundo que nunca el cruzado mágico de mi novia elevando al cielo el doble argumento de su carne. Así es que mi arribo a esta ciudad en el fondo tuvo más de huida que de llegada, si lo piensa uno fríamente. Comprenderá usted que con semejante actitud en los bolsillos cualquier bifurcación que tomara en mi camino habría de conducirme irremediablemente a donde estoy ahora, a donde usted y yo estamos ahora. Esto no tiene vuelta de hoja, caro amigo; las cosas parece que ya estuviesen dictadas por una voz muy superior a uno mismo y cualquier intento que se haga por escapar de ese designio establecido en las líneas de la mano es poco menos que hacer el gilipollas.

Ya desde el primer día, bien ingenuo e ignorante yo, estuve dirigiendo mis torpes pasos hasta esta celda y estos barrotes, desde el momento mismo en que mis ojos repararon en aquel reclamo para compartir piso en el tablón de anuncios del instituto. Mezclados entre los listados de notas de los últimos exámenes de septiembre y prolijas informaciones sobre becas o para cumplimentar las matrículas encontré clavados en el corcho siete papelitos desparejos que ofrecían habitación, siete posibilidades abiertas a un movimiento diferente de los dedos para marcar siete números de teléfono que sonarían o estarían sonando ya en siete lugares distintos, lugares soñados, presentidos, inventados. Pero de los siete anuncios tenía que llamarme la atención la letra menuda y musical del más escorado en el tablón, el que me había dispuesto el porvenir. No el que encerraba en las letras casi el perfume premonitorio de una mujer delicadísima y bella, no el que mostraba en las líneas un orden perfecto y pulcro, no el anuncio bohemio que yo había imaginado desde mis perspectivas rurales como el más interesante, ninguno de estos. Mis ojos de segundo de Bachillerato se hipnotizaron con el anuncio pentagrama, con las letras melómanas: joven, en corcheas, comparte piso, en negras, muy cerca instituto, semicorcheas, teléfono dorremifasol.

Si usted lo cree conveniente me puede ir frenando la cascada, que yo cuando me disparo voy soltando flecos que es un gusto, agarraderos que después a lo peor no le sirven de mucho para su trabajo. Usted se empeña en registrar cualquier menudencia que me quede de esos días, por si pudiese valer; bueno, bueno, no seré yo quien se haga de rogar. Permítame si acaso ahora el intermedio de otro cigarrillo, antes de entrar definitivamente en el meollo de la historia.

Espero, eso sí, que tenga por bueno que me salte a la torera la fase de la tortuga burocrática de mi matriculación en el centro y la interminable y por un pelo infructuosa búsqueda de la calle del piso, que estuvo a punto de comerme una docena de veces antes de dar con ella. (Estos deliciosos peregrinajes de cateto despistado en la capital no los he olvidado aún, afortunadamente, aunque aquí en la cárcel no me sirven de mucho que se diga.

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