Visto y oído

Francisco / Andrés / Gallardo

Mercedes

EN estos días Jerez ha llevado a la ebullición su Navidad, entre aromas de puchero, llamas empinadas y palmas a compás, todo en torno a la sacrosanta zambomba que marca el ritmo de esa felicidad navideña en calderilla. Las hay con coros jartibles y las hay apretadas, imposibles de degustar por falta de espacio y sobra de personal; pero las hay también lo suficientemente íntimas como para que se palpen con los dedos cómo se recibe los fríos más crudos a la luz del fuego y al calor de las chispas de aje. A lo monólogo Blade Runner, he conocido arranques espontáneos que valdrían por una temporada entera de talent shows y me he asombrado con despuntes personales que no cabrían en todo un reality. La televisión a veces no entra en una cámara, ni en una pantalla.

Jerez por Navidad es otra movida, como dirían los otros. Y en esos momentos se me vienen los recuerdos de mi madre, jerezanísima de pro, que de pequeña se escapaba de casa para jalear en las zambombas gitanas, asomada por algún rincón a los patios y admirando esos arranques únicos, ese arte que se deshojaba en el aire, para nunca volver, cuando nada quedaba grabado. Mi madre, Mercedes (como la Patrona, claro), me quiso transmitir su cualidad de detectar el talento, el mérito y lo que merece la pena de forma inmediata. En unos minutos sabía qué programa triunfaba o se pegaba el batacazo, o qué presentador, cantante o actriz tenían ese algo indefinible de la empatía y conexión. Bien que me ayudó en alguna que otra columna, pero sabía que de su hijo, el que se dedicaba a la crónica televisiva, nunca iba a sacar provecho. Se marchó a algún cielo donde celebrarán las fiestas como Dios manda y es ahora su nieta Cristina la que me fascina con su agudo olfato crítico y su intuición para saber encuadrar el objetivo. Ellas y mi mujer, Paqui, me hicieron entender qué es la Navidad.

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