La ciudad y los días

Carlos Colón

Ya está el Mesías sobre su paso

EL acontecimiento de Jesús sólo es comprensible desde otras dos grandes realidades históricas y teológicas: el pueblo de Israel y la Iglesia… Jesús nacía de las entrañas de una mujer, hija de Sión, llevando consigo toda la historia de su pueblo… La historia de Israel no es una historia cerrada sobre sí misma, a la que seguiría el universalismo cristiano… Para siempre, Dios ya quiere ser reconocido a partir del Dios de Israel, y, para siempre, el Dios de Israel quiere ser identificado como el Dios de todos los hombres". Son palabras del teólogo González de Cardedal, que define la relación entre judaísmo y cristianismo como "continuidad de misión en diferencia de mediación".

"La misión es la misma -escribe-, revelar al Dios que se ha dado a los hombres como su salvación; pero la mediación es diferente. Antes ésta era el universo religioso y simbólico, formado por Ley, templo, sacerdocio, culto, tradición, profetismo; ahora la persona de Jesús resume y trasciende todo lo anterior". Si se deja aquí el texto parece dar la razón a la obsesión cristiana porque los judíos se conviertan, expresada antiguamente como condena ("los pérfidos judíos") y hoy como anhelo en la descartada reforma del triduo pascual de la que nos ocuparemos mañana, Jueves que es Santo porque conmemora la cena pascual judía que Jesús celebró con sus apóstoles y nuestros hermanos mayores judíos celebrarán este año el 18 de abril. Pero el teólogo no deja ahí la cosa, como si el judaísmo fuera sólo pasado, y se pregunta: "¿No será la misión del pueblo judío, después de Cristo, evitar el engullimiento de la ley por el evangelio, y con ello mostrar que no ha llegado aún la plenitud del fin, sino un signo de él con la resurrección; que la creación no está del todo redimida, que la libertad de los hijos de Dios debe ser vivida en referencia al dolor del mundo y a los gemidos de los cautivos? ¿No será su misión mantener en alto la divinidad de Dios, ya manifestada como humana en Cristo, pero nunca reducible a humanidad?".

Este mantener en alto la divinidad de Dios, nunca reducible sólo a hombre pese a la total y radical humanidad de Jesús Nazareno, se dice en Sevilla sólo con dos palabras: Gran Poder. Desde hoy se nos da sobre el altar de su paso, ley encarnada, sufrimiento de hombre revestido del oro del esplendor de Dios, Mesías que viene pero aún no ha llegado del todo en la plenitud del fin, testigo del dolor del mundo, oyente de los gemidos, humanidad herida de un Dios que mantiene en alto su divinidad para consuelo de los afligidos que ven en Él su mismo dolor, pero también a quien lo cura.

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